corto -aquél-

•Diciembre 28, 2009 • Dejar un comentario

Al instante me llama la atención, el sol le da de pleno en la cara, lo conozco. Pero lo hago indirecta, lateralmente, como se conoce al deuteragonista de una novela querida, un conocimiento muy distinto al que me revela el sol golpeando de lleno contra su nariz ancha. Él me mira, ¿me conoce también? Supongo que sabe que existo, y no sólo por el sol que esquivo de pie sobre el suelo intranquilo del colectivo; supongo que sabe algo de mí, pero es imposible que asocie conocimiento e imagen. Simplemente observa, su vista pasa sobre mí como sobre cualquier otro contorno humano –luego no se dará vuelta, yo sí-. No sabe quién soy, y me extraña pensar que si lo supiese me odiaría. Asimismo, lo que yo siento por el, viéndolo empapado de sol, no se aleja mucho de aquello. Pero yo sé demasiado y él nada, la diferencia de nuestras posiciones es abrumadora. Yo sé que de decir algo de lo que conozco, estallaría el odio. Pero, mientras tanto, ese odio permanece allí, flotando como posibilidad, porque aunque no actúa, existe, y estoy convencido de que no es posible que él deje de sentir su cosquillar, su latencia constante, similar a la de esas axiomáticas enfermedades congénitas, que aún no diagnosticadas se consagran a acechar desde cada rincón de la vida. Mientras mis ojos, sonrientes y cantantes, se posan sobre los suyos, estoy convencido de que en algún lugar de sí sabe que debe odiarme, pero, claro, no puede leer el odio y la burla en mi mirada, que en ese momento es una enorme grosería estallando en lituano o en finés. Me regocija la situación, pero a la vez me inquieta, quiero que baje el odio y se instale, que el mío pueda ser real y gritar sus verdades, quiero ver el suyo naciendo hacia sus ojos. Será que nunca nadie me ha mirado conteniendo ese tipo de odio, ni tal vez ningún otro. Quiero ver mi alma hiper-sensible reaccionando al estímulo del odio presente, me intriga la posible respuesta.

corto -suave muerte de una lamparita-

•Diciembre 19, 2009 • Dejar un comentario

Voy a aferrarme a la vida (a la suya, a la luz) hasta que todo esté irremediablemente perdido. Entonces, sí, cerrar el libro, contemplar el vacío que no es tal, empezar a descubrir forma, tras forma, tras forma borrosa.

Pero eventualmente habrá luz de nuevo, y volverá a aparecer la página abandonada, o será otra, qué importa, siempre que haya letras y persistan las sombras borrosas detrás, siempre a punto de ser descubiertas.  Una, tras otra, tras otra…

corto -brote de filantropía I-

•Noviembre 7, 2009 • 1 comentario

Mi sensibilidad hace a mi misantropía; el mínimo roce de la realidad acre del mundo me transporta al rencor más acérrimo. Pero esa misma predisposición del espíritu me puede llevar a una, quizás mal llamada, filantropía. (Al fin y al cabo estoy convencido de que entre ambas posturas no hay mayores diferencias sustanciales).

Aquel hombre me hablaba con tristeza, tal vez con una pesadumbre cansina, y me hablaba de poesía, de escritores, de publicaciones. Entonces tomé la revista -tomé dos revistas- entre mis manos torpes en la farsa, ojeé los poemas sin leerlos bajo aquella luz ensimismada, le temí a aquellas letras nóveles edulcoradas con pretensión estanca, comenté, pregunté y repregunté, pero el tono no cambió, no podía yo hacer nada. Sentí mi alma encogerse y mis ojos querer lagrimear. La voz del hombre triste de letras tristes me hería muy hondo. Tuve que huir.

pupa

•Octubre 25, 2009 • Dejar un comentario

-¿Sabés qué pasa? Es que me gustó “moscas”. Simplemente eso, me gustó y quiero que sea mi carta de presentación.

-Para eso declará terminado acá el blog, dejá sólo moscas. O, ¿sabés qué? podés editar ese texto, un sólo texto no puede ser muy difícil, lo publicás en cualquier lado y listo, no tenés que escribir nunca más nada, ya está, sos moscas.

Y soy ahora mismo moscas, encerradas en una caja de cristales pardos.

Temo no ser mejor que ese texto, o que algún otro, temo no tener nada más que ofrecer y es por eso que no escribo nada ya. Es cierto que me da miedo la posibilidad de haberme perdido en el camino. Y también es cierto que dudo de si el camino es un avance o un ascenso, o es simplemente un camino hacia afuera. También me cuesta definir el punto de referencia; ¿un avance sobre el mundo o sobre mí mismo? No sé cuál temería más.

Por lo pronto tengo que reencontrarme con las letras. Tengo que confiar. ¡Es tan pronto para estancarse! Además, suena muy ridículo “quedar estancado por miedo a estancarse”.

Estoy protegiendo a mi amor propio de la realidad. No está bien. Me sorprendió encontrar un ataque directo hacia mí en un texto de Arlt; me llama “monstruo del amor propio”. Dice, tal vez, que la única forma de sustentar la idea de mí que sostengo, es no actuar, no confrontarla con variables reales… O eso le entendí. No me ofendió. Pero me motivó a demostrarle que puedo verme reflejado en cada articulación de la llamada realidad.

(“¡¿Qué diablo de revolución es ésta si no fusilamos a nadie?!”)
(“Si es el tiempo, tan lejano e incomprensible, aquello que nos constituye y, en su huída, nos arrastra; nuestra revolución, la revolución de la carne, de la vida, estará erigida e impulsada por la espesa realidad  de la sangre”)

(La “pupa” es la crisálida de la mosca; posibilidad y sordidez)

moscas

•Julio 14, 2009 • 2 comentarios

Vuelan, se retuercen las manitas repugnantes. Se agitan en mis oídos, mi cabeza convulsiona. Mis manos la siguen, luego mis pies. Pero es inútil, ellas vuelven, siempre vuelven. Siempre vibrando, en constante y espasmódico movimiento. Contorsionan en ridículas cópulas; no dejan de volar. Movimiento en purísimo estado.

Giran sobre mi cabeza, a su alrededor, dentro de ella. Nombres, son pensamientos: insidiosas y versátiles como el pensamiento; vesicantes, crueles como los nombres en mi mente y en mis labios. Inasequibles. Las manos se cierran en el aire; los labios pronuncian en el vacío incólume de la noche. Imposibles.

Son eternas sus representaciones, una tras otra, tras otra, tras otra. Vuelan indestructibles. Se nombran, se sienten, son una, todas, y actúan. Se saben inmunes. Arriba, abajo, afuera, dentro; no hallan resistencia. Los labios se agitan dulcemente, la lengua viaja construyendo sonidos sordos; convulsa cabeza, manos, brazos, piernas, boca, nombres, sombras, moscas.

Se agita una mano tapa la boca el nombre permanece la mosca sobrevuela. La mano golpea el espacio vacío, se agitan los nombres, se revuelven, se entremezclan, siguen siendo uno, volando como uno, copulando y sobreviviéndose a sí mismos, siempre como ese uno sempiterno; mosca repugna sus manitas restriega el aire se mueve la voz que vuela, lejos en mí.

Moscas nombres resbalan a mis manos torpes; nombres moscas estallan contra mis labios, huyen para volver a nacer. Motas de aire negro, de aliento hórrido y mortal, lágrimas secas opacas, cicatrices de realidad. Vibran, contorsionan, palpitan como un solo temor eterno, dilatan las penurias de la noche vacía, el insomnio de la angustia. Saltan entre los sueños de ojos abiertos, yendo y viniendo en la lobreguez, estallando muda y eternamente, cantando en silencio zumbante la soledad.

recorte

•Julio 8, 2009 • Dejar un comentario

“Cada persona se divide en tres entes iguales, en cuanto a características genéticas y mentales, cada uno de estos seres habita en un punto diferente de la línea temporal, siendo todo lo correspondiente al espacio una realidad aparente y ficticia que no ha de ser tomada como permanente o invariable. Este punto tiene base en que los cuerpos habitantes de los diferentes puntos de la línea cronológica no podrían residir en distintos sitios en cuanto al eje espacial, lo que nos deja como conclusión que la única forma de que esto sea posible es que el espacio varíe y no así el tiempo, siendo también que sea el espacio el que se mueva a nuestro alrededor y no nosotros dentro de él. Volviendo a los tres seres (pasado, presente y futuro) debemos aclarar que el único que tiene libertad total de acción es el de en medio, el actual, ese ser somos todos nosotros, siendo el pasado y el futuro accesorios fundamentales para el funcionamiento de nuestras realidades.”

flashback

•Julio 4, 2009 • Dejar un comentario

-junio 16, 2007-

“¿Quién le gustaría ser?:
Una versión mejorada de mi: confiado, agudo y feliz.”

Gracias.

sobre el caos (intitulado)

•Junio 24, 2009 • 2 comentarios

Siento mucho todo esto. Yo nunca quise causarle a usted tantos inconvenientes, pero usted sabe cómo son estas cosas, cuando se le salen a uno de las manos y comienzan a dimensionarse de forma casi independiente, con una anárquica locura, diríase, el descontrol más perfecto. Hasta se hace hermoso observarlo, no lo tome a mal, pero puede ser muy hermoso ver cómo todo se encamina al caos, todo lo tan cuidadosamente domado con anterioridad, todo hacia el caos más justo, más bello y resplandeciente, porque, si el orden es armonioso, y la armonía puede alcanzar cierta belleza, que, claro, es relativa del observador, porque el orden asimismo es también subjetivo, lo que para mi es orden perfecto, para usted, por caso, puede ser desorden prolijo y cuidado, pero nunca orden, y, tal vez, nunca bello; pero con el caos no sucede así, el caos es absoluto, es siempre perfecto y siempre el mismo y, así, si es bello para uno lo será para todos, porque la idea del caos está en todas nuestras mentes que tienden, también, cómo no, a el, siempre. Y es por eso que nuestro trabajo se aparece tan ridículo en ocasiones. Pero no, no, no es que a mí me lo parezca, ni en lo más mínimo, sólo que, pienso a veces, vamos en contra del equilibrio más absoluto elevando los pendones del orden. Pero no, no, claro que no es así. En fin, señor, el asunto se ha ido del control de mis medios y todo se encamina a la perfec…, es decir: al desconcierto absoluto. Las almas, señor, son lo que más me preocupan, los espíritus, las naturalezas, señor. Ellas tienden a un caos propio y maligno, su orden perfecto inexorable es la maldad y la destrucción; lo he comprobado, señor, su naturaleza es perniciosa. ¿Qué hacer con esas almitas pérfidas? Dejarlas desbarrancarse hacia lo absoluto significará su pérdida, tal vez justa, sí… pero tal vez, también, merezcan una posibilidad tras tanto luchar por el orden, al fin son como nosotros esas almas abatidas por la maldad, eternas gladiadoras enfrentadas a lo irrevocable, y tal vez perfecto. Disculpe que insista con la idea, y no busco justificarme de modo alguno, reconozco plenamente mi error, pero me encuentro maravillado por la justeza con la que todo encaja en el caos, todo tiene su lugar, que es todos, todo es todos, como lo ha sido siempre, oculto por nosotros. Señor, siento mucho todo esto, y veo con desagrado como mi locuacidad lo encona, ya mismo dispondré medidas férreas, ataré minutos, encadenaré cada segundo con las propias manos de ser necesario, no habrá fracción de tiempo que quede librada al designio del caos, repararé la brecha, no habrá problema, esas almas facinerosas no se desencadenarán, el mundo seguirá su cause, ya verá usted, triunfaremos sobre el desorden perfecto, ya usted verá. Y disculpe, por favor, la interrupción, señor.

desamparo

•Junio 22, 2009 • Dejar un comentario

Cuando, siendo yo muy niño (más muy niño aún que ahora), me era removido, al menos en apariencia, aquello que constituía para mí todo mi soporte sobre este mundo y mi todo contacto afectivo con la realidad, lo que era el cariño de mi madre (el cual se alejaba de mi lado como reprimenda por algún error cometido), mi magín infantil se entretenía jugueteando con la idea del suicidio. Claro que no se trataba de una idea firme y concreta, pero la posibilidad de vengarme y transformar su castigo en algo mucho más grave, que a su vez sería también de una gravedad que, me figuraba internamente, se acercaría mucho más al efecto que este vacío de cariño tenía sobre mi espíritu, era muy tentadora. Pensar en el enorme sufrimiento auto-infligido (porque no sería mi culpa, yo sería empujado) oprimiendo el pecho de quien me había quitado ese soporte único me regocijaba, califico ahora, demasiado. ¡Toda esa crueldad enquistada en mi deseo, que apenas era un juego, sí, ya que jamás me hubiese quitado la vida, iba dirigida hacia mi madre! La persona por la que más amor sentía, y de quien dependía toda mi vida. Fácilmente se explica tal desamparo, ¿pero la crueldad cómo se fundamenta? ¿Qué había en mí que me llevaba siquiera a comenzar a engendrar una idea tan cruenta?

Fuese lo que fuese, es aún. Está todavía en mí y se manifiesta ante el mismo estímulo, el vacío de cariño. Me veo sin sustento afectivo, sin esa fuerza vital que me es imprescindible ya para cada movimiento, y caigo en la misma crueldad imaginativa. Juegan en mi cabeza ideas perversas, pronunciadas con odio y ponzoña. Pienso en  abandonar no ya mi vida, pero sí aquello que le da forma y sentido. Pienso en dejarla, y en hacerlo para siempre. Me alborozo en la visión del ultraje vuelto en su contra con la furia propia de las divinidades de rencores más levantiscos. Pero sólo juego, me divierto, me embriago de maldad posible. Los dos casos son similares en la conclusión: no alcanza mi malicia para desear verdaderamente el sufrimiento de esa gente, me embargan la piedad y la ternura; y no soy tampoco capaz de quitarme a mí mismo algo tan valioso en ningún caso, ni mi vida, ni mi amor podría descartar sólo por crueldad. No lo haría, pero no puedo dejar de darle vueltas a la idea.

(22-10-09)

recorte

•Mayo 2, 2009 • 1 comentario

Pensar un final es desearlo, al menos desde algún lugar recóndito del anhelo. Pensar un final es invocarlo y propiciarlo, allanar el camino, calculando destrozos. Pensar un final es un camino peligroso, muy difícil de desandar. Cualquier silencio peregrino se adhiere al orbe fatuo, así también cualquier ausencia, y toda torpeza involuntaria, toda duda. Finalmente, el final se vuelve inexorable.