flashback

•Julio 4, 2009 • Deja un comentario

-junio 16, 2007-

“¿Quién le gustaría ser?:
Una versión mejorada de mi: confiado, agudo y feliz.”

Gracias.

sobre el caos (intitulado)

•Junio 24, 2009 • 2 comentarios

Siento mucho todo esto. Yo nunca quise causarle a usted tantos inconvenientes, pero usted sabe cómo son estas cosas, cuando se le salen a uno de las manos y comienzan a dimensionarse de forma casi independiente, con una anárquica locura, diríase, el descontrol más perfecto. Hasta se hace hermoso observarlo, no lo tome a mal, pero puede ser muy hermoso ver cómo todo se encamina al caos, todo lo tan cuidadosamente domado con anterioridad, todo hacia el caos más justo, más bello y resplandeciente, porque, si el orden es armonioso, y la armonía puede alcanzar cierta belleza, que, claro, es relativa del observador, porque el orden asimismo es también subjetivo, lo que para mi es orden perfecto, para usted, por caso, puede ser desorden prolijo y cuidado, pero nunca orden, y, tal vez, nunca bello; pero con el caos no sucede así, el caos es absoluto, es siempre perfecto y siempre el mismo y, así, si es bello para uno lo será para todos, porque la idea del caos está en todas nuestras mentes que tienden, también, cómo no, a el, siempre. Y es por eso que nuestro trabajo se aparece tan ridículo en ocasiones. Pero no, no, no es que a mí me lo parezca, ni en lo más mínimo, sólo que, pienso a veces, vamos en contra del equilibrio más absoluto elevando los pendones del orden. Pero no, no, claro que no es así. En fin, señor, el asunto se ha ido del control de mis medios y todo se encamina a la perfec…, es decir: al desconcierto absoluto. Las almas, señor, son lo que más me preocupan, los espíritus, las naturalezas, señor. Ellas tienden a un caos propio y maligno, su orden perfecto inexorable es la maldad y la destrucción; lo he comprobado, señor, su naturaleza es perniciosa. ¿Qué hacer con esas almitas pérfidas? Dejarlas desbarrancarse hacia lo absoluto significará su pérdida, tal vez justa, sí… pero tal vez, también, merezcan una posibilidad tras tanto luchar por el orden, al fin son como nosotros esas almas abatidas por la maldad, eternas gladiadoras enfrentadas a lo irrevocable, y tal vez perfecto. Disculpe que insista con la idea, y no busco justificarme de modo alguno, reconozco plenamente mi error, pero me encuentro maravillado por la justeza con la que todo encaja en el caos, todo tiene su lugar, que es todos, todo es todos, como lo ha sido siempre, oculto por nosotros. Señor, siento mucho todo esto, y veo con desagrado como mi locuacidad lo encona, ya mismo dispondré medidas férreas, ataré minutos, encadenaré cada segundo con las propias manos de ser necesario, no habrá fracción de tiempo que quede librada al designio del caos, repararé la brecha, no habrá problema, esas almas facinerosas no se desencadenarán, el mundo seguirá su cause, ya verá usted, triunfaremos sobre el desorden perfecto, ya usted verá. Y disculpe, por favor, la interrupción, señor.

recorte

•Mayo 2, 2009 • 1 comentario

Pensar un final es desearlo, al menos desde algún lugar recóndito del anhelo. Pensar un final es invocarlo y propiciarlo, allanar el camino, calculando destrozos. Pensar un final es un camino peligroso, muy difícil de desandar. Cualquier silencio peregrino se adhiere al orbe fatuo, así también cualquier ausencia, y toda torpeza involuntaria, toda duda. Finalmente, el final se vuelve inexorable.

autofagia visual

•Abril 27, 2009 • 1 comentario

Hoy tengo los ojos chiquitos, amor. Me miro al espejo y los veo, pequeños en mi carota de niño inflado. Parecen hundidos, recuerdan botones forrados apisonando un almohadón bien relleno. Será que se quieren ir hacia adentro. Será que se quieren perder entre mis pliegues y ver el mundo interno de frente. Será que quieren dejar ésta tierra vacía de tus ojos y adentrarse para vivir allí donde todo se refiere a ti. A ti y a tus ojos enormes, que crecen y crecen, devorándome desde adentro.

fe poética (o ilusión mágica)

•Marzo 27, 2009 • Deja un comentario

 

“la momentánea suspensión voluntaria

de la incredulidad

 constituye la fe poética”

 (Samuel Coleridge)

 

La náusea se terminó de difuminar. Ha de esto apenas unos segundos. He vuelto a ser yo, conciente de lo que sé. Pero aún me asusta no poder evitarlo.

Las tapas del libro se cierran, dijérase, con teatral afectación. Joaquín, obnubilado, busca con los ojos ávidos a la criatura entre las sombras de la habitación infantil. Nada. Dentro del pecho, su corazón late sin piedad. Dentro de su mente, el avieso ser aguarda, acechante.

Ella ha vuelto a ser la más resplandeciente de las argentas estrellas. Su luz lo inunda todo, y parece irisar con un fulgor más fuerte y hermoso de lo habitual. El amor late en mí con inconfundibles dejos de furia, apasionado. Arden mis sienes y manos sedientas de su piel. Se me apetece increíble que apenas unos minutos atrás quisiera perderme y no regresar a su embrujo. Ahora es todo lo que quiero, caer nuevamente en sus juegos atroces.

Quizá su madre tenga razón, y Joaquín deba dejar de leer tanto. Es aún muy chico y el mundo maravilloso de la literatura lo ha absorbido por entero, ya casi no juega con sus pequeños amigos y cada semana su interés por el estudio decrece significativamente. ¿Cómo podría interesarse Joaquín en juegos de pelota y clases de matemáticas cuando dentro de los libros lo aguardan universos repletos de aventuras y seres extraordinarios, universos que el pude habitar, y vivir, y sufrir con sólo abrir las páginas y dejarse arrastrar?

Por eso la busco ahora. Me es esquiva unos instantes, apenas los necesarios para inflamar mi deseo. Ya no sólo arden mis manos y mis sienes, entre éstas se gesta una hoguera voraz. Mi pecho late más fiero a cada momento, flamígeras lenguas saetean mis rasgos, las llamas se filtran por cada intersticio de mi cuerpo. Me siento vivir en el deseo feroz, vivir como nunca, me siento embargado de una cruda felicidad.

Pero Joaquín no escuchará a su madre, a sus viejas maestras, o a sus compañeritos alegres. Él ha encontrado su propio mundo entre esas hojas colmadas de ilusión. Pese a todo, las tribulaciones de la madre se ven justificada en algunas actitudes del hijo, que parece no lograr discernir la realidad de la ficción.

Al fin llego a ella. De inmediato mi semblante exangüe se ahoga de su alegría melíflua. Mis recelos se desvanecen, soy suyo, y mi razón de su dramaturgia que se apresta a comenzar.

El caso de Joaquín fue estudiado por una especialista, amiga de su madre. La profesional diagnosticó las reacciones del chiquillo como algo “natural en un niño tan pequeño que se enfrenta a la ficción de forma tan vehemente”. Pero la mujer se equivocaba, el obrar de la literatura sobre Joaquín no es secuela de la vehemencia con que el niño se lanza entre las páginas resplandecientes de maravilla. Es este obrar, en cambio, causal de tal ardor.

Casi no lo noto al principio, pero ya me encuentro bajo el encanto. La dulzura prontamente comienza a tornar en leve acritud: los gestos se endurecen; las miradas y los silencios se funden adquiriendo la densidad del cieno y ahogando el acto entero; las voces, que segundos antes entonaban la muelle y cálida melopea del romance, alcanzan un diáfano timbre metálico y desdeñoso. ¿Se ha quitado la máscara?; la función comienza.

En su cuarto, desde el suave abrigo de su cama, dentro del abrazo terso y cálido de las sábanas, bajo el resplandor envolvente de su lámpara de noche que, en la penumbra de la habitación, señala el límite entre su mundo propio y el externo y ajeno, Joaquín ha escudriñado cada rincón visible en busca de la criatura que lo perseguía minutos antes, cuando el se abría trabajoso camino a través aquella ciénaga encantada. No lo ha alcanzado, pero ha estado cerca. Tal vez deba dejar el libro a un costado de la cama y rogar porque la criatura no haya encontrado un escondrijo fuera del alcance de su vista. Pero nadie podría convencer a Joaquín de actuar con tal cobardía.

Las palabras vuelan hacia mis oídos, lacerándolos. Las miradas nefandas atraviesan mi ánimo tenue. Entonaciones de pesadilla, propias de una terrible ilusión, se adhieren a mi mente hollándola con crueldad. La sonrisa radiante de desprecio. Pullas inagotables en los espirales de mi conciencia. Confesiones injuriosas hasta el ridículo, verdades calladas por sádico cinismo. El dolor, los ardores, la náusea. Todo está viciado de una inapelable realidad, todo lo creo, todo me daña en lo más mío. Me siento deshacer ante su faz impávida. Caigo sin poder hacer nada por evitarlo.

Ahora Joaquín corre todo lo rápido que puede sobre sus piernas aladas. La ciénaga ha quedado atrás, el niño se adentra en un abigarrado bosquecillo de árboles indeterminables y tupida oscuridad. La criatura ya no se oye ni se respira, parece estar a salvo. Joaquín se afirma al tronco robusto de un roble joven, toma aliento, recupera el ritmo de su respiración, y, finalmente, se sienta junto al árbol, dejando el libro a un costado.

Una orden simple, un mandato concluyente ungido de milagroso redentor, se desliza por entre sus labios y me acaricia las sienes convulsas. Se baja el telón y vuelve a elevarse en el acto, ¿se ha quitado la máscara? La función ha terminado. La náusea aún hace presa de mí, pero el amor con sus arropes le gana terreno.

Las sábanas suaves acarician la piel crispada de sus piernas, la cama cálida apenas se arquea bajo su cuerpo leve, la mano pequeña se acerca a la llave la luz y duda aún un segundo. El resplandor de la lamparilla se extingue, y con él los límites entre el universo de Joaquín y el externo, ajeno y real del resto de los hombres. La fusión de los mundos es apenas notoria para el niño, que se estremece ligeramente y acomoda su cabeza sobre la almohada elástica. El gruñido que ahoga el silencio de la habitación no lo sorprende, pero lo inquieta.

ahogarse en letras

•Marzo 3, 2009 • 1 comentario

Hace ya algunos años me di cuenta de que leer un libro es para mí mucho más que seguir una historia, conocer algunos personajes, instruirme alegremente. Tal vez fuera “El túnel” la obra que me enseñó los peligros y las glorias de encerrarse en un mundo ajeno (Quizá pueda haber sido “Noches blancas”, o “La metamorfosis”, o “La naranja mecánica”; eso carece de interés ahora, aunque a lo mejor hubiera resultado mejor para un pequeño aprender junto a textos más esperanzadores). “Al final, sólo había un túnel, oscuro y solitario, el mío” (esa frase he decidido no copiarla y plasmarla tal y como la recuerdo). Cuando alguien vive intensamente un libro así, se mimetiza con cada partícula de su ambiente y deja al personaje (umbrío, solitario, desesperanzado, o bien optimista y lejano filántropo, o ese habitual ser de absurda inteligencia y diáfana locura), y a cualquier tribulación de éste, penetrar hasta lo más profundo de su propio ser, es imposible que resulte indemne. Juzgo harto difícil que algo de todo eso no quede albergado en su alma, en su razón, en su expresión. Pero aún más dificultoso se hace, y en mi caso es francamente imposible, lograr que el fantasma del libro no nos invada, aunque sea una posesión fugaz o imperceptible, durante su lectura.

Yo he sido el fantasma de Martín, el de Vidal y el de Bruno, el de la caótica Buenos Aires, el de la paranoia constante, el de los engaños avistados desde los ojos pardos del amor, el de la desesperación de ver a MI Alejandra (¡de labios despectivos!) perderse entre tinieblas insondables. Fui todo ello en un tiempo, y sufrí todo aquello intensamente; pero siendo Martín fui también yo, acentué mi yo, afirmé mi yo en la obra, caí en un pozo de ciega y hermosa locura, del que pude salir para tomar entre mis manos otro amasijo de letras, presto a ser abierto y cobrar vida en mí.

He sido el espectro de Antoine Roquentine. ¡Y qué ágil me sentía dentro de tamaño espíritu! En grande he disfrutado de esa estadía. He sido también poseso de Jean-Baptiste Grenouille, ¡y he tornado en alguien tan diferente a mi idea de mí, he descubierto tanta fría maldad en mi propio ser! He sido Don Quijote un buen tiempo también, pero eran días de opaca vacuidad, y apenas tomé algunas formas del hidalgo. Sin duda no me he divertido nunca más (dentro de éste juego de alto riesgo) que sintiendo dentro mío el espíritu de algunos personajes de Bioy Casares, ¡tan reales ellos, tan llenos de vida! ¡Tanto más que yo! He sido Aleksieyi Ivanovich, fiel a su amor cortés, pero tan poco fiel a mí mismo y a la realidad, ¡tan entregado a mis vicios! Me invadió la sutilmente perfecta ánima del Siddhartha de Hesse, que colmó mi cuerpo de una calma parecida al desencanto, de una sed tan cercana al hastío, y de una amabilidad general lindante con la misantropía (que ya había logrado hacer parte de mí con lecturas y realidades anteriores).

Uno de mis fantasmas preferidos es y será siempre, sin duda alguna, el de Harry Haller. Sentí que habíamos siempre sido uno: él, su lobo, yo y el mío; errando por tiempos erróneos. La experiencia de vivir dentro de “El Lobo Estepario” fue inenarrablemente intensa. Mi yo (ahora definido “anacoreta”) se veía multiplicado, mientras mis convicciones eran saeteadas de realidad hecha prosa, al mismo tiempo que Haller encontraba un mundo nuevo y prometedor (¡y comenzaba yo a sopesar posibilidades!) tras el mohín ambiguo de una bella joven. ¡Con cuán lograda representación de mí me encontré! ¡Y cuán fácil me fue servirme de su espíritu para afirmar el mío propio, justificarlo y hasta convencerme de que podía ser salvado de él!

También fui, gracias a Fedor, su lastimero habitante del subsuelo. Fui un hombre enfermo, malvado y desagradable, que no logró siquiera alcanzar a ser plenamente nada de aquello. Y era, otra vez, doblemente yo. Qué bajo caí esos días llenos de goce. Yo, ermitaño, misántropo, patético charlatán, superior espectador de “lo bello y lo sublime”; yo, alimaña insignificante. ¡Y cuánto me odié por haber dejado ir a Lisa! Pero más lo hice por haberme sentido superior, por haberme mofado. ¡Yo! Pero era una unidad con el libro, podía reconocerme en cada frase, y cada una de ellas se transformaba en un gesto mío, y cada pensamiento mío podía aparecer, lacerante de cruel ironía, al dar vuelta una nueva página.

Ahora sufro los embates de las agrias mieles de Humbert-Humbert. Y Me desvivo por Lolita (que se llama Victoria y no se ve emparentada en ningún sentido con la ninfúlica Dolly, salvo dentro de la prosa que envuelve mi razón). “No hay en el mundo nada más terriblemente cruel que una niña que se sabe adorada” (o algo similar). ¿Por qué debo creerle a éste farsante? ¿Por qué no puedo evitarlo? Odio a Humbert y a su Lo, porque no me dejan ser quien debo en éste momento (fundamental, por cierto). Debo, tal vez, buscar un reemplazo, un libro más acoplable a mi ánimo cotidiano; mejor dicho: a mi ánimo ideal.

Me satisfaré escuchando a Silvio Rodríguez. Al fin y al cabo fue el suyo el primer espíritu del que me vi presa, antes siquiera de tener razón corrompible o sublimable.

mi dictador (fragmento)

•Febrero 27, 2009 • 1 comentario

(…)

Si alguien pudo alguna vez enseñarme algo, ese fuiste vos. Desde tu sitial inalcanzable, entre las sombras y el dolor, debajo y sobre todos los hombres, bien dentro tuyo. Desde allí me enseñaste tanto lo bello y sublime, como lo inenarrablemente terrible. Desde tus ojos altivos, ocultos y temerosos, desde aquella voz firme e imperturbable para la reprimenda, falta de aplomo para la creación. Desde tu condición de falso dictador, de rey hipócrita y cruel, pero magnánimo amigo de los hombres, de alma generosa y espíritu sencillo, desde tu intelecto perfeccionista y tu ánimo irascible. El alma ignífera tras el rostro exangüe, siempre. Tu afán de ocultar, y el orgullo ficticio de ser, más allá de todo y todos, tu propio dios omnisciente. Y también el mío, amigo.

(…)

axis fatŭus

•Febrero 27, 2009 • 2 comentarios

La hoja en blanco; el reflejo diáfano de una sonrisa franca. Se hace difícil avanzar. Las palabras no fluyen, colapsan contra los dientes radiantes. No hay angustias ni serias preocupaciones generadas por banalidades, casi nada interesa. La mente se cierra y gira sobre su propio eje, y gira, y gira. Axis fatŭus. No se halla escapatoria, ni se pretende buscarla ¿Qué son unas pocas letras tristes encadenadas, contra el regocijo del alma que oye, observa, acaricia, respira y se impregna de amor? (El monstruo se ha bañado en almíbar y ya no desea abandonar la dulce ciénaga. Repara en sus miembros lentos y torpes embadurnados de melaza, ¡Qué bien se siente! No logra moverlos, pero, ¿para qué los necesita? -¡Oh, empalagosa y hórrida criatura! ¡Oh, sumisa bestia feliz que al fin vives puramente!-)

¡La mansa y tenaz canela del embeleso! ¿Hacia dónde se verá arrastrado el reformado espíritu del tierno poeta (tierno, ¡y cuán presuntuoso muchacho el nuestro!)? ¿A alguien, acaso, le importa? -Déjate arrastrar por la felicidad; de las dudosas consejeras es ella la más digna de devoción-.
-¡Ahógate, oh bestia, de tu almibarada laguna!- Bebe hasta la última gota de la más intrincada de sus mieles. No temas. Nunca. Por nada.-

Esos ojos como almas, esa boca despectiva tan suave, curvas y dobleces de una razón negada (no sin cierta crueldad) y de un impetuoso ánimo, la infantilidad de un gesto, de una reacción imperceptiblemente involuntaria, aromas propios que hacen vibrar alma y cuerpo, un océano de marcas por obtener, la retórica justa y precisa, flagrante de estética voraz, la palabra oculta tras la afectación (¿falsa? ¡tan bella!), lo exquisito de la articulación y cada pliegue suyo, toda inflamación del pecho, todo espasmo de ternura, todo lo incierto, todo.

-Agradece a tu Luna, alma mía, lo más hermoso que posees, tu amor y felicidad, tu deidad personal. Agradece toda su luz, que así ciegue tu razón y anule tu pobre prosa (al mismo tiempo que enaltece tu espíritu y da forma de vida a la que tan torpemente has llevado), irisa todo aquello que con tanta aplicación has pretendido mantener oculto.-

Ama, nuestro muchacho, feliz, todo.

 

¡Gracias mi Luna, Victoria, que eras sueño y eres toda realidad!

relato de un náufrago (gabriel garcía márquez)

•Enero 11, 2009 • 5 comentarios

 La novela, que se encuentra dentro del género de la “no ficción” y está escrita en primera persona, relata la historia de Luís Alejandro Velasco, marinero del destructor Caldas, quien durante una marejada en aguas caribeñas naufragó junto a siete compañeros. Velasco fue el único sobreviviente, y debió pasar diez días a la deriva sobre una balsa en el mar del Caribe. La trama central es el relato de los diez días en el mar, la lucha de Velasco por su vida, el terror que causa el mar con sus criaturas, la paulatina perdida de la razón a causa del hambre, la sed y la soledad, etc. El relato también denuncia los motivos reales de la catástrofe que terminó con la vida de siete marineros y forzó la odisea de Velasco: el Caldas llevaba mercancía de contrabando, lo que hizo que perdiera la estabilidad ante los vientos del Caribe.

 

relato_de_un_naufrago

 

Siempre que leo “no ficción” tiendo, involuntariamente y por fugaces lapsos de tiempo (que por lo general se presentan al comenzar un periodo de lectura), a buscar incongruencias. Por dentro se me sacude esta suerte de “refutador de leyendas” efímero que se dedica a hallar posibles errores, exageraciones, indicios que provocan cualquier suspicacia, mentiras o verdades calladas pero presentas ahí, en el texto, detrás del texto, que no se explicitan por decoro y hasta (pienso en algunos momentos más negativos) por simple malicia, cinismo literario casi sádico. Aún sabiendo que esto no tiene ningún asidero dentro de lo real, no puedo evitar que por momentos me suceda. Supongo que es sólo el trasladar esa suspensión de la credulidad que muchas veces uno puede exigirse al enfrentarse a un texto periodístico. Afortunadamente se trata de lapsos cortos de tiempo, o de ráfagas que cruzan la lectura en algún momento de distracción.
Con “Relato de un náufrago” no me pasó nada de eso. La historia me atrapó desde el primer momento y nunca dejé de creerle, ni de angustiarme y sentir el corazón oprimido por la soledad y la garganta casi flamígera por la sed de días.
No sé si se da por el uso de la primera persona, por la diafanidad de la prosa de García Márquez, o porque realmente Velasco pueda ser propietario de ese “instinto excepcional del arte de narrar”; pero se da, se produce ese efecto casi mágico que conjuga al hombre protagonista, a la historia de tintes fantásticos y al prodigioso amanuense en una única pieza sin fisuras, inalcanzable para cualquier suspicacia.
Por eso disfruté “Relato de un náufrago” de principio a fin, me sentí atrapado e inmovilizado en la inmensidad del mar, constantemente imaginando la sed, la soledad y el ardor de la piel, evocando en mi magín ese sentimiento que sólo puede proponernos el mar: el de no saber si avanzamos o retrocedemos, o ya no conocer qué es avanzar y qué retroceder, o cuál es la diferencia entre arriba y abajo cuando todo es azul insondable.
Para concluir, “Relato de un náufrago” de Garbiel García Márquez es un excelente ejemplo de cómo hacer, al mismo tiempo, buena literatura y periodismo comprometido y denunciativo de eximia calidad.

“ahora que eres la luna…”

•Enero 11, 2009 • Deja un comentario

Cuando alguien deja de ser simplemente una persona para elevarse hasta el cielo e iluminar cada noche mía, significa que mi razón se ha enredado y perdido en su luz. Que ya no soy yo el que transita el mundo, sino yo bajo la luz de la Luna. Ahora sufro esas tribulaciones deliciosas.
Cada vez que mis ojos se cierran llega su imagen, los recuerdos, la añoranza; y odio a mis manos contra el vacío, a mis labios rumiándose en soledad. Cuando mi vista se enciende no puedo más que pensar en volver a ver esos ojos como almas; y odio mi torpeza, mi falta de tacto, repaso cada error y lo juzgo insalvable. Entonces se aflojan los labios destrozados y dejan partir los demonios de su nombre, también esas verdades cada vez más reales que se desesperan en el claustro y aquellas otras que ya se dijeron pero que desearía haber pronunciado sempiternamente.
Debo estar agradecido: en este momento soy lágrimas y expectativa irresoluta, pero hace apenas horas fui un bienaventurado. Tuve ese momento de bienaventuranza que tanto deseaba. Pero no quiero dejarlo partir (aunque debió ser así, no quiero por nada del mundo que sea por siempre). No quiero aceptarlo como único. No lo voy a hacer.