corto -brote de filantropía I-

•Noviembre 7, 2009 • Dejar un comentario

Mi sensibilidad hace a mi misantropía; el mínimo roce de la realidad acre del mundo me transporta al rencor más acérrimo. Pero esa misma predisposición del espíritu me puede llevar a una, quizás mal llamada, filantropía. (Al fin y al cabo estoy convencido de que entre ambas posturas no hay mayores diferencias sustanciales).

Aquel hombre me hablaba con tristeza, tal vez con una pesadumbre cansina, y me hablaba de poesía, de escritores, de publicaciones. Entonces tomé la revista -tomé dos revistas- entre mis manos torpes en la farsa, ojeé los poemas sin leerlos bajo aquella luz ensimismada, le temí a aquellas letras nóveles edulcoradas con pretensión estanca, comenté, pregunté y repregunté, pero el tono no cambió, no podía yo hacer nada. Sentí mi alma encogerse y mis ojos querer lagrimear. La voz del hombre triste de letras tristes me hería muy hondo. Tuve que huir.

pupa

•Octubre 25, 2009 • Dejar un comentario

-¿Sabés qué pasa? Es que me gustó “moscas”. Simplemente eso, me gustó y quiero que sea mi carta de presentación.

-Para eso declará terminado acá el blog, dejá sólo moscas. O, ¿sabés qué? podés editar ese texto, un sólo texto no puede ser muy difícil, lo publicás en cualquier lado y listo, no tenés que escribir nunca más nada, ya está, sos moscas.

Y soy ahora mismo moscas, encerradas en una caja de cristales pardos.

Temo no ser mejor que ese texto, o que algún otro, temo no tener nada más que ofrecer y es por eso que no escribo nada ya. Es cierto que me da miedo la posibilidad de haberme perdido en el camino. Y también es cierto que dudo de si el camino es un avance o un ascenso, o es simplemente un camino hacia afuera. También me cuesta definir el punto de referencia; ¿un avance sobre el mundo o sobre mí mismo? No sé cuál temería más.

Por lo pronto tengo que reencontrarme con las letras. Tengo que confiar. ¡Es tan pronto para estancarse! Además, suena muy ridículo “quedar estancado por miedo a estancarse”.

Estoy protegiendo a mi amor propio de la realidad. No está bien. Me sorprendió encontrar un ataque directo hacia mí en un texto de Arlt; me llama “monstruo del amor propio”. Dice, tal vez, que la única forma de sustentar la idea de mí que sostengo, es no actuar, no confrontarla con variables reales… O eso le entendí. No me ofendió. Pero me motivó a demostrarle que puedo verme reflejado en cada articulación de la llamada realidad.

(“¡¿Qué diablo de revolución es ésta si no fusilamos a nadie?!”)
(“Si es el tiempo, tan lejano e incomprensible, aquello que nos constituye y, en su huída, nos arrastra; nuestra revolución, la revolución de la carne, de la vida, estará erigida e impulsada por la espesa realidad  de la sangre”)

(La “pupa” es la crisálida de la mosca; posibilidad y sordidez)

moscas

•Julio 14, 2009 • 2 comentarios

Vuelan, se retuercen las manitas repugnantes. Se agitan en mis oídos, mi cabeza convulsiona. Mis manos la siguen, luego mis pies. Pero es inútil, ellas vuelven, siempre vuelven. Siempre vibrando, en constante y espasmódico movimiento. Contorsionan en ridículas cópulas; no dejan de volar. Movimiento en purísimo estado.

Giran sobre mi cabeza, a su alrededor, dentro de ella. Nombres, son pensamientos: insidiosas y versátiles como el pensamiento; vesicantes, crueles como los nombres en mi mente y en mis labios. Inasequibles. Las manos se cierran en el aire; los labios pronuncian en el vacío incólume de la noche. Imposibles.

Son eternas sus representaciones, una tras otra, tras otra, tras otra. Vuelan indestructibles. Se nombran, se sienten, son una, todas, y actúan. Se saben inmunes. Arriba, abajo, afuera, dentro; no hallan resistencia. Los labios se agitan dulcemente, la lengua viaja construyendo sonidos sordos; convulsa cabeza, manos, brazos, piernas, boca, nombres, sombras, moscas.

Se agita una mano tapa la boca el nombre permanece la mosca sobrevuela. La mano golpea el espacio vacío, se agitan los nombres, se revuelven, se entremezclan, siguen siendo uno, volando como uno, copulando y sobreviviéndose a sí mismos, siempre como ese uno sempiterno; mosca repugna sus manitas restriega el aire se mueve la voz que vuela, lejos en mí.

Moscas nombres resbalan a mis manos torpes; nombres moscas estallan contra mis labios, huyen para volver a nacer. Motas de aire negro, de aliento hórrido y mortal, lágrimas secas opacas, cicatrices de realidad. Vibran, contorsionan, palpitan como un solo temor eterno, dilatan las penurias de la noche vacía, el insomnio de la angustia. Saltan entre los sueños de ojos abiertos, yendo y viniendo en la lobreguez, estallando muda y eternamente, cantando en silencio zumbante la soledad.

recorte

•Julio 8, 2009 • Dejar un comentario

“Cada persona se divide en tres entes iguales, en cuanto a características genéticas y mentales, cada uno de estos seres habita en un punto diferente de la línea temporal, siendo todo lo correspondiente al espacio una realidad aparente y ficticia que no ha de ser tomada como permanente o invariable. Este punto tiene base en que los cuerpos habitantes de los diferentes puntos de la línea cronológica no podrían residir en distintos sitios en cuanto al eje espacial, lo que nos deja como conclusión que la única forma de que esto sea posible es que el espacio varíe y no así el tiempo, siendo también que sea el espacio el que se mueva a nuestro alrededor y no nosotros dentro de él. Volviendo a los tres seres (pasado, presente y futuro) debemos aclarar que el único que tiene libertad total de acción es el de en medio, el actual, ese ser somos todos nosotros, siendo el pasado y el futuro accesorios fundamentales para el funcionamiento de nuestras realidades.”

flashback

•Julio 4, 2009 • Dejar un comentario

-junio 16, 2007-

“¿Quién le gustaría ser?:
Una versión mejorada de mi: confiado, agudo y feliz.”

Gracias.

sobre el caos (intitulado)

•Junio 24, 2009 • 2 comentarios

Siento mucho todo esto. Yo nunca quise causarle a usted tantos inconvenientes, pero usted sabe cómo son estas cosas, cuando se le salen a uno de las manos y comienzan a dimensionarse de forma casi independiente, con una anárquica locura, diríase, el descontrol más perfecto. Hasta se hace hermoso observarlo, no lo tome a mal, pero puede ser muy hermoso ver cómo todo se encamina al caos, todo lo tan cuidadosamente domado con anterioridad, todo hacia el caos más justo, más bello y resplandeciente, porque, si el orden es armonioso, y la armonía puede alcanzar cierta belleza, que, claro, es relativa del observador, porque el orden asimismo es también subjetivo, lo que para mi es orden perfecto, para usted, por caso, puede ser desorden prolijo y cuidado, pero nunca orden, y, tal vez, nunca bello; pero con el caos no sucede así, el caos es absoluto, es siempre perfecto y siempre el mismo y, así, si es bello para uno lo será para todos, porque la idea del caos está en todas nuestras mentes que tienden, también, cómo no, a el, siempre. Y es por eso que nuestro trabajo se aparece tan ridículo en ocasiones. Pero no, no, no es que a mí me lo parezca, ni en lo más mínimo, sólo que, pienso a veces, vamos en contra del equilibrio más absoluto elevando los pendones del orden. Pero no, no, claro que no es así. En fin, señor, el asunto se ha ido del control de mis medios y todo se encamina a la perfec…, es decir: al desconcierto absoluto. Las almas, señor, son lo que más me preocupan, los espíritus, las naturalezas, señor. Ellas tienden a un caos propio y maligno, su orden perfecto inexorable es la maldad y la destrucción; lo he comprobado, señor, su naturaleza es perniciosa. ¿Qué hacer con esas almitas pérfidas? Dejarlas desbarrancarse hacia lo absoluto significará su pérdida, tal vez justa, sí… pero tal vez, también, merezcan una posibilidad tras tanto luchar por el orden, al fin son como nosotros esas almas abatidas por la maldad, eternas gladiadoras enfrentadas a lo irrevocable, y tal vez perfecto. Disculpe que insista con la idea, y no busco justificarme de modo alguno, reconozco plenamente mi error, pero me encuentro maravillado por la justeza con la que todo encaja en el caos, todo tiene su lugar, que es todos, todo es todos, como lo ha sido siempre, oculto por nosotros. Señor, siento mucho todo esto, y veo con desagrado como mi locuacidad lo encona, ya mismo dispondré medidas férreas, ataré minutos, encadenaré cada segundo con las propias manos de ser necesario, no habrá fracción de tiempo que quede librada al designio del caos, repararé la brecha, no habrá problema, esas almas facinerosas no se desencadenarán, el mundo seguirá su cause, ya verá usted, triunfaremos sobre el desorden perfecto, ya usted verá. Y disculpe, por favor, la interrupción, señor.

desamparo

•Junio 22, 2009 • Dejar un comentario

Cuando, siendo yo muy niño (más muy niño aún que ahora), me era removido, al menos en apariencia, aquello que constituía para mí todo mi soporte sobre este mundo y mi todo contacto afectivo con la realidad, lo que era el cariño de mi madre (el cual se alejaba de mi lado como reprimenda por algún error cometido), mi magín infantil se entretenía jugueteando con la idea del suicidio. Claro que no se trataba de una idea firme y concreta, pero la posibilidad de vengarme y transformar su castigo en algo mucho más grave, que a su vez sería también de una gravedad que, me figuraba internamente, se acercaría mucho más al efecto que este vacío de cariño tenía sobre mi espíritu, era muy tentadora. Pensar en el enorme sufrimiento auto-infligido (porque no sería mi culpa, yo sería empujado) oprimiendo el pecho de quien me había quitado ese soporte único me regocijaba, califico ahora, demasiado. ¡Toda esa crueldad enquistada en mi deseo, que apenas era un juego, sí, ya que jamás me hubiese quitado la vida, iba dirigida hacia mi madre! La persona por la que más amor sentía, y de quien dependía toda mi vida. Fácilmente se explica tal desamparo, ¿pero la crueldad cómo se fundamenta? ¿Qué había en mí que me llevaba siquiera a comenzar a engendrar una idea tan cruenta?

Fuese lo que fuese, es aún. Está todavía en mí y se manifiesta ante el mismo estímulo, el vacío de cariño. Me veo sin sustento afectivo, sin esa fuerza vital que me es imprescindible ya para cada movimiento, y caigo en la misma crueldad imaginativa. Juegan en mi cabeza ideas perversas, pronunciadas con odio y ponzoña. Pienso en  abandonar no ya mi vida, pero sí aquello que le da forma y sentido. Pienso en dejarla, y en hacerlo para siempre. Me alborozo en la visión del ultraje vuelto en su contra con la furia propia de las divinidades de rencores más levantiscos. Pero sólo juego, me divierto, me embriago de maldad posible. Los dos casos son similares en la conclusión: no alcanza mi malicia para desear verdaderamente el sufrimiento de esa gente, me embargan la piedad y la ternura; y no soy tampoco capaz de quitarme a mí mismo algo tan valioso en ningún caso, ni mi vida, ni mi amor podría descartar sólo por crueldad. No lo haría, pero no puedo dejar de darle vueltas a la idea.

(22-10-09)

recorte

•Mayo 2, 2009 • 1 comentario

Pensar un final es desearlo, al menos desde algún lugar recóndito del anhelo. Pensar un final es invocarlo y propiciarlo, allanar el camino, calculando destrozos. Pensar un final es un camino peligroso, muy difícil de desandar. Cualquier silencio peregrino se adhiere al orbe fatuo, así también cualquier ausencia, y toda torpeza involuntaria, toda duda. Finalmente, el final se vuelve inexorable.

autofagia visual

•Abril 27, 2009 • 1 comentario

Hoy tengo los ojos chiquitos, amor. Me miro al espejo y los veo, pequeños en mi carota de niño inflado. Parecen hundidos, recuerdan botones forrados apisonando un almohadón bien relleno. Será que se quieren ir hacia adentro. Será que se quieren perder entre mis pliegues y ver el mundo interno de frente. Será que quieren dejar ésta tierra vacía de tus ojos y adentrarse para vivir allí donde todo se refiere a ti. A ti y a tus ojos enormes, que crecen y crecen, devorándome desde adentro.

fe poética (o ilusión mágica)

•Marzo 27, 2009 • Dejar un comentario

 

“la momentánea suspensión voluntaria

de la incredulidad

 constituye la fe poética”

 (Samuel Coleridge)

 

La náusea se terminó de difuminar. Ha de esto apenas unos segundos. He vuelto a ser yo, conciente de lo que sé. Pero aún me asusta no poder evitarlo.

Las tapas del libro se cierran, dijérase, con teatral afectación. Joaquín, obnubilado, busca con los ojos ávidos a la criatura entre las sombras de la habitación infantil. Nada. Dentro del pecho, su corazón late sin piedad. Dentro de su mente, el avieso ser aguarda, acechante.

Ella ha vuelto a ser la más resplandeciente de las argentas estrellas. Su luz lo inunda todo, y parece irisar con un fulgor más fuerte y hermoso de lo habitual. El amor late en mí con inconfundibles dejos de furia, apasionado. Arden mis sienes y manos sedientas de su piel. Se me apetece increíble que apenas unos minutos atrás quisiera perderme y no regresar a su embrujo. Ahora es todo lo que quiero, caer nuevamente en sus juegos atroces.

Quizá su madre tenga razón, y Joaquín deba dejar de leer tanto. Es aún muy chico y el mundo maravilloso de la literatura lo ha absorbido por entero, ya casi no juega con sus pequeños amigos y cada semana su interés por el estudio decrece significativamente. ¿Cómo podría interesarse Joaquín en juegos de pelota y clases de matemáticas cuando dentro de los libros lo aguardan universos repletos de aventuras y seres extraordinarios, universos que el pude habitar, y vivir, y sufrir con sólo abrir las páginas y dejarse arrastrar?

Por eso la busco ahora. Me es esquiva unos instantes, apenas los necesarios para inflamar mi deseo. Ya no sólo arden mis manos y mis sienes, entre éstas se gesta una hoguera voraz. Mi pecho late más fiero a cada momento, flamígeras lenguas saetean mis rasgos, las llamas se filtran por cada intersticio de mi cuerpo. Me siento vivir en el deseo feroz, vivir como nunca, me siento embargado de una cruda felicidad.

Pero Joaquín no escuchará a su madre, a sus viejas maestras, o a sus compañeritos alegres. Él ha encontrado su propio mundo entre esas hojas colmadas de ilusión. Pese a todo, las tribulaciones de la madre se ven justificada en algunas actitudes del hijo, que parece no lograr discernir la realidad de la ficción.

Al fin llego a ella. De inmediato mi semblante exangüe se ahoga de su alegría melíflua. Mis recelos se desvanecen, soy suyo, y mi razón de su dramaturgia que se apresta a comenzar.

El caso de Joaquín fue estudiado por una especialista, amiga de su madre. La profesional diagnosticó las reacciones del chiquillo como algo “natural en un niño tan pequeño que se enfrenta a la ficción de forma tan vehemente”. Pero la mujer se equivocaba, el obrar de la literatura sobre Joaquín no es secuela de la vehemencia con que el niño se lanza entre las páginas resplandecientes de maravilla. Es este obrar, en cambio, causal de tal ardor.

Casi no lo noto al principio, pero ya me encuentro bajo el encanto. La dulzura prontamente comienza a tornar en leve acritud: los gestos se endurecen; las miradas y los silencios se funden adquiriendo la densidad del cieno y ahogando el acto entero; las voces, que segundos antes entonaban la muelle y cálida melopea del romance, alcanzan un diáfano timbre metálico y desdeñoso. ¿Se ha quitado la máscara?; la función comienza.

En su cuarto, desde el suave abrigo de su cama, dentro del abrazo terso y cálido de las sábanas, bajo el resplandor envolvente de su lámpara de noche que, en la penumbra de la habitación, señala el límite entre su mundo propio y el externo y ajeno, Joaquín ha escudriñado cada rincón visible en busca de la criatura que lo perseguía minutos antes, cuando el se abría trabajoso camino a través aquella ciénaga encantada. No lo ha alcanzado, pero ha estado cerca. Tal vez deba dejar el libro a un costado de la cama y rogar porque la criatura no haya encontrado un escondrijo fuera del alcance de su vista. Pero nadie podría convencer a Joaquín de actuar con tal cobardía.

Las palabras vuelan hacia mis oídos, lacerándolos. Las miradas nefandas atraviesan mi ánimo tenue. Entonaciones de pesadilla, propias de una terrible ilusión, se adhieren a mi mente hollándola con crueldad. La sonrisa radiante de desprecio. Pullas inagotables en los espirales de mi conciencia. Confesiones injuriosas hasta el ridículo, verdades calladas por sádico cinismo. El dolor, los ardores, la náusea. Todo está viciado de una inapelable realidad, todo lo creo, todo me daña en lo más mío. Me siento deshacer ante su faz impávida. Caigo sin poder hacer nada por evitarlo.

Ahora Joaquín corre todo lo rápido que puede sobre sus piernas aladas. La ciénaga ha quedado atrás, el niño se adentra en un abigarrado bosquecillo de árboles indeterminables y tupida oscuridad. La criatura ya no se oye ni se respira, parece estar a salvo. Joaquín se afirma al tronco robusto de un roble joven, toma aliento, recupera el ritmo de su respiración, y, finalmente, se sienta junto al árbol, dejando el libro a un costado.

Una orden simple, un mandato concluyente ungido de milagroso redentor, se desliza por entre sus labios y me acaricia las sienes convulsas. Se baja el telón y vuelve a elevarse en el acto, ¿se ha quitado la máscara? La función ha terminado. La náusea aún hace presa de mí, pero el amor con sus arropes le gana terreno.

Las sábanas suaves acarician la piel crispada de sus piernas, la cama cálida apenas se arquea bajo su cuerpo leve, la mano pequeña se acerca a la llave la luz y duda aún un segundo. El resplandor de la lamparilla se extingue, y con él los límites entre el universo de Joaquín y el externo, ajeno y real del resto de los hombres. La fusión de los mundos es apenas notoria para el niño, que se estremece ligeramente y acomoda su cabeza sobre la almohada elástica. El gruñido que ahoga el silencio de la habitación no lo sorprende, pero lo inquieta.