“ahora que eres la luna…”
Cuando alguien deja de ser simplemente una persona para elevarse hasta el cielo e iluminar cada noche mía, significa que mi razón se ha enredado y perdido en su luz. Que ya no soy yo el que transita el mundo, sino yo bajo la luz de la Luna. Ahora sufro esas tribulaciones deliciosas.
Cada vez que mis ojos se cierran llega su imagen, los recuerdos, la añoranza; y odio a mis manos contra el vacío, a mis labios rumiándose en soledad. Cuando mi vista se enciende no puedo más que pensar en volver a ver esos ojos como almas; y odio mi torpeza, mi falta de tacto, repaso cada error y lo juzgo insalvable. Entonces se aflojan los labios destrozados y dejan partir los demonios de su nombre, también esas verdades cada vez más reales que se desesperan en el claustro y aquellas otras que ya se dijeron pero que desearía haber pronunciado sempiternamente.
Debo estar agradecido: en este momento soy lágrimas y expectativa irresoluta, pero hace apenas horas fui un bienaventurado. Tuve ese momento de bienaventuranza que tanto deseaba. Pero no quiero dejarlo partir (aunque debió ser así, no quiero por nada del mundo que sea por siempre). No quiero aceptarlo como único. No lo voy a hacer.

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