ahogarse en letras

•Marzo 3, 2009 • 1 comentario

Hace ya algunos años me di cuenta de que leer un libro es para mí mucho más que seguir una historia, conocer algunos personajes, instruirme alegremente. Tal vez fuera “El túnel” la obra que me enseñó los peligros y las glorias de encerrarse en un mundo ajeno (Quizá pueda haber sido “Noches blancas”, o “La metamorfosis”, o “La naranja mecánica”; eso carece de interés ahora, aunque a lo mejor hubiera resultado mejor para un pequeño aprender junto a textos más esperanzadores). “Al final, sólo había un túnel, oscuro y solitario, el mío” (esa frase he decidido no copiarla y plasmarla tal y como la recuerdo). Cuando alguien vive intensamente un libro así, se mimetiza con cada partícula de su ambiente y deja al personaje (umbrío, solitario, desesperanzado, o bien optimista y lejano filántropo, o ese habitual ser de absurda inteligencia y diáfana locura), y a cualquier tribulación de éste, penetrar hasta lo más profundo de su propio ser, es imposible que resulte indemne. Juzgo harto difícil que algo de todo eso no quede albergado en su alma, en su razón, en su expresión. Pero aún más dificultoso se hace, y en mi caso es francamente imposible, lograr que el fantasma del libro no nos invada, aunque sea una posesión fugaz o imperceptible, durante su lectura.

Yo he sido el fantasma de Martín, el de Vidal y el de Bruno, el de la caótica Buenos Aires, el de la paranoia constante, el de los engaños avistados desde los ojos pardos del amor, el de la desesperación de ver a MI Alejandra (¡de labios despectivos!) perderse entre tinieblas insondables. Fui todo ello en un tiempo, y sufrí todo aquello intensamente; pero siendo Martín fui también yo, acentué mi yo, afirmé mi yo en la obra, caí en un pozo de ciega y hermosa locura, del que pude salir para tomar entre mis manos otro amasijo de letras, presto a ser abierto y cobrar vida en mí.

He sido el espectro de Antoine Roquentine. ¡Y qué ágil me sentía dentro de tamaño espíritu! En grande he disfrutado de esa estadía. He sido también poseso de Jean-Baptiste Grenouille, ¡y he tornado en alguien tan diferente a mi idea de mí, he descubierto tanta fría maldad en mi propio ser! He sido Don Quijote un buen tiempo también, pero eran días de opaca vacuidad, y apenas tomé algunas formas del hidalgo. Sin duda no me he divertido nunca más (dentro de éste juego de alto riesgo) que sintiendo dentro mío el espíritu de algunos personajes de Bioy Casares, ¡tan reales ellos, tan llenos de vida! ¡Tanto más que yo! He sido Aleksieyi Ivanovich, fiel a su amor cortés, pero tan poco fiel a mí mismo y a la realidad, ¡tan entregado a mis vicios! Me invadió la sutilmente perfecta ánima del Siddhartha de Hesse, que colmó mi cuerpo de una calma parecida al desencanto, de una sed tan cercana al hastío, y de una amabilidad general lindante con la misantropía (que ya había logrado hacer parte de mí con lecturas y realidades anteriores).

Uno de mis fantasmas preferidos es y será siempre, sin duda alguna, el de Harry Haller. Sentí que habíamos siempre sido uno: él, su lobo, yo y el mío; errando por tiempos erróneos. La experiencia de vivir dentro de “El Lobo Estepario” fue inenarrablemente intensa. Mi yo (ahora definido “anacoreta”) se veía multiplicado, mientras mis convicciones eran saeteadas de realidad hecha prosa, al mismo tiempo que Haller encontraba un mundo nuevo y prometedor (¡y comenzaba yo a sopesar posibilidades!) tras el mohín ambiguo de una bella joven. ¡Con cuán lograda representación de mí me encontré! ¡Y cuán fácil me fue servirme de su espíritu para afirmar el mío propio, justificarlo y hasta convencerme de que podía ser salvado de él!

También fui, gracias a Fedor, su lastimero habitante del subsuelo. Fui un hombre enfermo, malvado y desagradable, que no logró siquiera alcanzar a ser plenamente nada de aquello. Y era, otra vez, doblemente yo. Qué bajo caí esos días llenos de goce. Yo, ermitaño, misántropo, patético charlatán, superior espectador de “lo bello y lo sublime”; yo, alimaña insignificante. ¡Y cuánto me odié por haber dejado ir a Lisa! Pero más lo hice por haberme sentido superior, por haberme mofado. ¡Yo! Pero era una unidad con el libro, podía reconocerme en cada frase, y cada una de ellas se transformaba en un gesto mío, y cada pensamiento mío podía aparecer, lacerante de cruel ironía, al dar vuelta una nueva página.

Ahora sufro los embates de las agrias mieles de Humbert-Humbert. Y Me desvivo por Lolita (que se llama Victoria y no se ve emparentada en ningún sentido con la ninfúlica Dolly, salvo dentro de la prosa que envuelve mi razón). “No hay en el mundo nada más terriblemente cruel que una niña que se sabe adorada” (o algo similar). ¿Por qué debo creerle a éste farsante? ¿Por qué no puedo evitarlo? Odio a Humbert y a su Lo, porque no me dejan ser quien debo en éste momento (fundamental, por cierto). Debo, tal vez, buscar un reemplazo, un libro más acoplable a mi ánimo cotidiano; mejor dicho: a mi ánimo ideal.

Me satisfaré escuchando a Silvio Rodríguez. Al fin y al cabo fue el suyo el primer espíritu del que me vi presa, antes siquiera de tener razón corrompible o sublimable.

mi dictador (fragmento)

•Febrero 27, 2009 • 1 comentario

(…)

Si alguien pudo alguna vez enseñarme algo, ese fuiste vos. Desde tu sitial inalcanzable, entre las sombras y el dolor, debajo y sobre todos los hombres, bien dentro tuyo. Desde allí me enseñaste tanto lo bello y sublime, como lo inenarrablemente terrible. Desde tus ojos altivos, ocultos y temerosos, desde aquella voz firme e imperturbable para la reprimenda, falta de aplomo para la creación. Desde tu condición de falso dictador, de rey hipócrita y cruel, pero magnánimo amigo de los hombres, de alma generosa y espíritu sencillo, desde tu intelecto perfeccionista y tu ánimo irascible. El alma ignífera tras el rostro exangüe, siempre. Tu afán de ocultar, y el orgullo ficticio de ser, más allá de todo y todos, tu propio dios omnisciente. Y también el mío, amigo.

(…)

axis fatŭus

•Febrero 27, 2009 • 2 comentarios

La hoja en blanco; el reflejo diáfano de una sonrisa franca. Se hace difícil avanzar. Las palabras no fluyen, colapsan contra los dientes radiantes. No hay angustias ni serias preocupaciones generadas por banalidades, casi nada interesa. La mente se cierra y gira sobre su propio eje, y gira, y gira. Axis fatŭus. No se halla escapatoria, ni se pretende buscarla ¿Qué son unas pocas letras tristes encadenadas, contra el regocijo del alma que oye, observa, acaricia, respira y se impregna de amor? (El monstruo se ha bañado en almíbar y ya no desea abandonar la dulce ciénaga. Repara en sus miembros lentos y torpes embadurnados de melaza, ¡Qué bien se siente! No logra moverlos, pero, ¿para qué los necesita? -¡Oh, empalagosa y hórrida criatura! ¡Oh, sumisa bestia feliz que al fin vives puramente!-)

¡La mansa y tenaz canela del embeleso! ¿Hacia dónde se verá arrastrado el reformado espíritu del tierno poeta (tierno, ¡y cuán presuntuoso muchacho el nuestro!)? ¿A alguien, acaso, le importa? -Déjate arrastrar por la felicidad; de las dudosas consejeras es ella la más digna de devoción-.
-¡Ahógate, oh bestia, de tu almibarada laguna!- Bebe hasta la última gota de la más intrincada de sus mieles. No temas. Nunca. Por nada.-

Esos ojos como almas, esa boca despectiva tan suave, curvas y dobleces de una razón negada (no sin cierta crueldad) y de un impetuoso ánimo, la infantilidad de un gesto, de una reacción imperceptiblemente involuntaria, aromas propios que hacen vibrar alma y cuerpo, un océano de marcas por obtener, la retórica justa y precisa, flagrante de estética voraz, la palabra oculta tras la afectación (¿falsa? ¡tan bella!), lo exquisito de la articulación y cada pliegue suyo, toda inflamación del pecho, todo espasmo de ternura, todo lo incierto, todo.

-Agradece a tu Luna, alma mía, lo más hermoso que posees, tu amor y felicidad, tu deidad personal. Agradece toda su luz, que así ciegue tu razón y anule tu pobre prosa (al mismo tiempo que enaltece tu espíritu y da forma de vida a la que tan torpemente has llevado), irisa todo aquello que con tanta aplicación has pretendido mantener oculto.-

Ama, nuestro muchacho, feliz, todo.

 

¡Gracias mi Luna, Victoria, que eras sueño y eres toda realidad!

relato de un náufrago (gabriel garcía márquez)

•Enero 11, 2009 • 5 comentarios

 La novela, que se encuentra dentro del género de la “no ficción” y está escrita en primera persona, relata la historia de Luís Alejandro Velasco, marinero del destructor Caldas, quien durante una marejada en aguas caribeñas naufragó junto a siete compañeros. Velasco fue el único sobreviviente, y debió pasar diez días a la deriva sobre una balsa en el mar del Caribe. La trama central es el relato de los diez días en el mar, la lucha de Velasco por su vida, el terror que causa el mar con sus criaturas, la paulatina perdida de la razón a causa del hambre, la sed y la soledad, etc. El relato también denuncia los motivos reales de la catástrofe que terminó con la vida de siete marineros y forzó la odisea de Velasco: el Caldas llevaba mercancía de contrabando, lo que hizo que perdiera la estabilidad ante los vientos del Caribe.

 

relato_de_un_naufrago

 

Siempre que leo “no ficción” tiendo, involuntariamente y por fugaces lapsos de tiempo (que por lo general se presentan al comenzar un periodo de lectura), a buscar incongruencias. Por dentro se me sacude esta suerte de “refutador de leyendas” efímero que se dedica a hallar posibles errores, exageraciones, indicios que provocan cualquier suspicacia, mentiras o verdades calladas pero presentas ahí, en el texto, detrás del texto, que no se explicitan por decoro y hasta (pienso en algunos momentos más negativos) por simple malicia, cinismo literario casi sádico. Aún sabiendo que esto no tiene ningún asidero dentro de lo real, no puedo evitar que por momentos me suceda. Supongo que es sólo el trasladar esa suspensión de la credulidad que muchas veces uno puede exigirse al enfrentarse a un texto periodístico. Afortunadamente se trata de lapsos cortos de tiempo, o de ráfagas que cruzan la lectura en algún momento de distracción.
Con “Relato de un náufrago” no me pasó nada de eso. La historia me atrapó desde el primer momento y nunca dejé de creerle, ni de angustiarme y sentir el corazón oprimido por la soledad y la garganta casi flamígera por la sed de días.
No sé si se da por el uso de la primera persona, por la diafanidad de la prosa de García Márquez, o porque realmente Velasco pueda ser propietario de ese “instinto excepcional del arte de narrar”; pero se da, se produce ese efecto casi mágico que conjuga al hombre protagonista, a la historia de tintes fantásticos y al prodigioso amanuense en una única pieza sin fisuras, inalcanzable para cualquier suspicacia.
Por eso disfruté “Relato de un náufrago” de principio a fin, me sentí atrapado e inmovilizado en la inmensidad del mar, constantemente imaginando la sed, la soledad y el ardor de la piel, evocando en mi magín ese sentimiento que sólo puede proponernos el mar: el de no saber si avanzamos o retrocedemos, o ya no conocer qué es avanzar y qué retroceder, o cuál es la diferencia entre arriba y abajo cuando todo es azul insondable.
Para concluir, “Relato de un náufrago” de Garbiel García Márquez es un excelente ejemplo de cómo hacer, al mismo tiempo, buena literatura y periodismo comprometido y denunciativo de eximia calidad.

“ahora que eres la luna…”

•Enero 11, 2009 • Dejar un comentario

Cuando alguien deja de ser simplemente una persona para elevarse hasta el cielo e iluminar cada noche mía, significa que mi razón se ha enredado y perdido en su luz. Que ya no soy yo el que transita el mundo, sino yo bajo la luz de la Luna. Ahora sufro esas tribulaciones deliciosas.
Cada vez que mis ojos se cierran llega su imagen, los recuerdos, la añoranza; y odio a mis manos contra el vacío, a mis labios rumiándose en soledad. Cuando mi vista se enciende no puedo más que pensar en volver a ver esos ojos como almas; y odio mi torpeza, mi falta de tacto, repaso cada error y lo juzgo insalvable. Entonces se aflojan los labios destrozados y dejan partir los demonios de su nombre, también esas verdades cada vez más reales que se desesperan en el claustro y aquellas otras que ya se dijeron pero que desearía haber pronunciado sempiternamente.
Debo estar agradecido: en este momento soy lágrimas y expectativa irresoluta, pero hace apenas horas fui un bienaventurado. Tuve ese momento de bienaventuranza que tanto deseaba. Pero no quiero dejarlo partir (aunque debió ser así, no quiero por nada del mundo que sea por siempre). No quiero aceptarlo como único. No lo voy a hacer.

operación masacre (rodolfo walsh)

•Noviembre 23, 2008 • Dejar un comentario

 

Escrita en 1957 por el periodista Rodolfo Walsh, ésta novela marcó el nacimiento de un género: la ”no ficción” (que, igualmente, siempre ficciona). La creación de esta alternativa que mezcla el periodismo y la literatura, relatando hechos reales mediante métodos propios de la narración literaria, ha sido erroneamente adjudicada al norteamericano Truman Capote (en realidad, autoadjudicada), cuya obra vió la luz nueve años más tarde que el trabajo de Walsh.

 

La novela relata el caso de un grupo de civiles fusilados en un basural de José León Suárez, en la provincia de Buenos Aires, aplicando de forma retroactiva (por tanto, ilegal) la ley marcial instaurada. Los fusilamientos se produjeron en el marco de la insurrección peronista del 9 de junio de 1956, bajo el gobierno de Aramburu.

 

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Me parece imposible referirme a la lectura del libro de Rodolfo Walsh como a una única experiencia, como a un episodio unilateral, ya que fueron dos las veces que la encaré, pero desde perspectivas radicalmente diferentes. La primera fue cuando tenía unos quince años y buscaba entre los títulos de la biblioteca de mi casa alguna novela para amenizar las horas de claustro escolar. Tomé ese libro percudido y oscuro guiándome por lo atrayente del título: Operación Masacre, rezaba imponente sobre el lomo, como profiriendo un grito desesperado. Ese fue mi primer encuentro con la novela, que, esa vez, fue únicamente una novela. Aramburu y Valle eran personajes completamente ficcionales para mí, que en ningún momento me preocupé por entender un encuadre histórico para los acontecimientos que leía. Por supuesto que entendía el trasfondo de la historia, la revolución, la represión, pero nunca lo sentí real, porque leía una novela, no un relato periodístico novelado. Así fue que leí operación masacre como a un texto de ficción, y, debo decirlo, fue una lectura plena y gratificante.

El segundo encuentro se produjo hace unos meses, cuando me indicaron que debía leerlo para la Universidad. La pensé una buena oportunidad para destacar durante la lectura los puntos en que se vislumbrara la investigación periodística, la entrevista, y demás recursos que pretendo incorporar, que seguramente habrían sido pasados por alto en aquella primera lectura. No pensé que reencontrarme con las mismas historias, y verlas ahora como lo que en efecto son (trágicos relatos verídicos, testimonios de otro feral lapso de la historia de nuestro país) me causaría una impresión tal. Ver como real algo conocido (pero adquirido levemente) me hizo valorar mucho esta segunda lectura. El hueco en el rostro de Livraga perdió en cuanto a diámetro y maravilla, pero ganó en realidad, se volvió factible y tangible en mi cabeza.

Ahora sí, conjugando ambas experiencias, puedo hablar de Operación Masacre como de una novela de no ficción que me impresionó y entretuvo. Una novela periodística que sobresale por lo comprometido de su trabajo de investigación y denuncia. Rodolfo Walsh logra con este libro conmover al lector al mismo tiempo que realiza una sustancial acusación a las autoridades que llevaban las riendas del país por aquellos años. La lectura de Operación Masacre debería causar, en cualquier argentino, una suerte de catarsis.

 

obama

•Noviembre 9, 2008 • 3 comentarios

barack_obama

 

¡Felicidades a Barack por el triunfo! Desde acá siempre se lo apoyó. (Esperemos que esta “nueva esperanza” no defraude… o tendré que borrar la entrada) 

Es más, junto a Emmanuel Vega Jahiatt, otrora periodista y actual gerente de una multinacional (queda bien che… igual, aclaro, se espera la vuelta), redactamos un ensayo con tintes semióticos (como final para una cátedra) inspirados en el discurso “A more perfect union”, dictado por Barack Obama, el 18 de marzo del corriente año. El texto se explaya sobre el tema de la etnicidad en la política de los Estados Unidos mediante el análisis de paradigmáticas oratorias que abarcaron al tema.

Subo el ensayo, no espero que nadie lo lea (considerando que linda las 30 páginas), sólo me pareció un buen momento para postearlo, pienso que es un apropiado homenaje al singular suceso político -­­ésto a falta de la frescura de nuestro querido gobernador (ya sé que va con mayúscula inicial), que envió a Obama una epístola por su triunfo… (¿qué contenía esa carta? No me he atrevido a conocerlo,  tal vergüenza ajena me produce… ¿Habrá dicho Jaque: “May the force be with you”?)-

 
(Clic en “continuar leyendo…” para ver el trabajo)

Continuar leyendo ‘obama’

nicola

•Noviembre 3, 2008 • 8 comentarios

De regreso tras larga ausencia. Ésta vez con un texto escrito a conciencia, pero también de forma apresurada.

Sobre lo que escribí: de poco mérito argumental y formal, fundamenta su importancia en la necesidad de escupirlo, ya intolerable.

Una aclaración: el nombre “Nicola” no está utilizado en su forma original italiana (en la que es un nombre masculino) sino como se usa en algunos otros lugares geográficos, donde ha sido transformado en un nombre de pila femenino (así como el nombre “Andrea”, de origen masculino, se utiliza comúnmente para dar nombre a personas del sexo opuesto). En las raíces del nombre se entiende su aplicación (tal vez sea un significado interno).

PS: Le pido de forma encarecida a quien lea que comente, si quiere mencionar el estado del tiempo me parecerá bien.

Ahora sí, la historia:

Es día y frío. Nadie vuela, ni aún bajo. Marcos piensa, él siempre piensa. Marcos piensa en Nicola. Marcos sueña despierto y ve a Nicola frente a si. En una primera lucubración, Nicola es a Marcos una idea grandiosa, una entelequia dorada y fulgurante. Pero tras el pensamiento, el sueño se vuelve translúcido, casi inasequible. Algo dentro de Marcos lo obliga a preguntarse quién es Nicola, quién es la musa hialina que canta penurias junto a su oído. No tiene respuestas.

La llegada de Nicola a su vida fue lenta, progresivamente dolorosa. Comenzó siendo un nombre ficticio y unas pocas bellas palabras, pero paulatinamente fue ganando densidad, hasta tornar en esa criatura incierta pero presencial que habita el magín de Marcos.

Marcos se dirige al subterráneo. Piensa un momento en algo, tal vez relacionado a la falta de gente en las calles, segundos después no lo recordará, Nicola será su centro. Es difícil escapar de un sueño recurrente, mucho más lo es si éste tiene nombre, rostro y voz, que urde palabras hermosas. Nicola, además, ya es más que eso; Nicola es el misterio detrás de las sentencias, la figura tras el velo lúgubre.

Nadie espera el tren que se detiene clamoroso, nadie baja. El vagón está vacío, Marcos se echa sobre el primer asiento que vislumbra, a su izquierda. Marcos avanza. Marcos calla. Y piensa. Calla a Nicola mientras la piensa. Avanza sobre su imagen mil veces alterada, su imagen siempre nueva por la idealización y la articulación de reminiscencias, su imagen no sólo bella, no sólo cautivante; aún tal vez ni bella, ni cautivante, pero magnífica y tenaz en su recuerdo. Avanza sobre su voz tierna y frágil, reflexiona que es por eso que ella la detesta: esa voz desnuda sus debilidades, tal y como sucede en Marcos. Avanza sobre las sentencias oídas, pero ya no sólo avanza, ora regresa, ora continúa un trecho, ahora las deambula, las recorre una a una, volviendo siempre, hurgando entre las más antiguas, construyendo nuevas de la fusión inevitable de oraciones atemporales ya en la memoria pobrísima.

El tren para, nadie sube, continúa. Para nuevamente, nada. Marcos no sale de su ensimismamiento. Marcos avanza, se detiene: nada.

Marcos se abandona aún unos segundos en Nicola, en aquella frase de Nicola que lo invadió de voluptuosidad la noche de su último encuentro. Pero es tiempo de moverse, de abandonar el subterráneo, que se detiene, y avanza.

Marcos llega a su piso, sólo observa el reloj en la pared, no lo lee, va hacia su dormitorio y se acuesta en su cama deshecha. Piensa en Nicola una vez más, piensa su boca. Despierta.

vida

•Octubre 8, 2008 • 4 comentarios

Hoy es mi cumpleaños, es tarde, he tenido un día de gran agitación. Me veo en la necesidad de dejar algo… tengo un pequeño texto que escribí una noche de éstas, pasadas varias copas. Lo corregí un poco y ahora lo tiro al mundo libre. Quien lo lea, sea piadoso. Bah, ya saben como serlo, y no se les exigirá mucho ya que es algo muy parecido a todo lo demás… Nos vemos, me voy a descansar con mis veinte años a cuestas.

 

El tiempo corre, inexorable. La sangre también, se desliza por las calles como lluvia acumulada de días desubicados en el calendario que pretende exactitud. Pero no hay precisiones cuando se habla de personas reales, con huesos y carne fluctuante, sangre ardiente y deseos igníferos, todos esperando el desflore definitivo, esa desinhibición fortuita que permitirá su fuga, su libertad que de ocasional devendrá en perenne. El hoyo abisal de la exposición se muestra ante toda idea, sólo toma un paso, un simple paso, un movimiento que no demanda un solo segundo, sólo un pequeño deseo seguido de una fracción de voluntad. Eso, y no más, para que una idea sea escrita, expuesta, dada a conocer en sociedad, para darle, también, la oportunidad a aquellos ajenos, pero poseedores de voz, a que elijan, y hasta exijan, lo que realmente desean. ¿Por qué no? ¿Por qué no dejarlos? Si, en fin, son ellos los que terminan por elegir qué se condena al olvido y qué bazofia se exhibe como excelsa pieza artística. ¿Qué más dan las precisiones cronológicas sobre su intervención fatal? Si eso será al fin y al cabo, un flechazo hialino y ardiente de indiferencia (que ni aún permanecerá, será fugaz, para el ojo apartado a la real acción, al mundo verdadero y latiente) a la sombra y al vaho espectral del que espera y espera, y espera esa resolución imposible, imposible por archivada y apartada, dejada de lado por manos laboriosas y ocupadas en asuntos de estricta realidad.
Realidad. Es ella la gran ausente en mis historias, todas son, a medias, exactas; a medias, precisas; a medias, reales; pero nunca son. Les falta ser. Existencia, ahí está la carencia principal, en el ser, en la realidad de ese ser tan efímero. Hay veces, ocasiones, en que ni yo mismo las creo. En fin, nada de esto importa, ya que lo único realmente relevante es la estricta realidad, o sería esto, si realmente existiera. ¿Quien puede creer? A ver, ¿quién me contesta? Sino el idiota o el crédulo, claro, él… Pero, ¿quién más? Nadie, ¿cierto? Nadie, en absoluto. Manos idiotas se alzan en el aire, se sacuden violentamente, se chocan, riñen por ese lugar de privilegio, porque, como ya he dicho, son idiotas, estúpidos, bellas criaturas límpidas, pero, a veces, francamente insoportables cuando se tiene un cerebro funcional. Aunque, claro está, el mío no es un ejemplo de ese género, así que no ahondaré en ese estilo de explicaciones. Explicaciones que, claro, no son necesarias a esta altura. Pero sabemos que no importa nada de esto (¡Oh Dios bienamado e idolatrado!) para nosotros fieles, nosotros beatos, nosotros castos, nosotros ascetas, tal vez involuntarios, tal vez, pero, ¿acaso eso nos quita el sacrificio de las espaldas dobladas? No, claro que no, eso lo acentúa, lo engrandece, lo envilece. ¡Maldita ésta mi joroba! ¡Maldita tu obra perverso genio! ¡Y benditas por eximias voluntades satisfechas! Maldita mi conciencia tan realista, y mis sueños, ¡Oh! mis sueños fantásticos, maravillosos, quimeras para mi ser, inasequibles para mis manos torpes, grotescas, aborrecibles. Estas manos que ya sólo quieren parar el tiempo, tomarlo, ahogarlo entre mis dedos difusos y vehementes, pero inexorablemente torpes, exprimirlo y ver, reptante frente a mí, el fruto serondo de tanto esfuerzo inútil: letras, palabras, frases inasequibles, parágrafos sempiternos colmados de idioteces, horas y horas, años y años de letra tras letra inútil, no por la letra en sí, que tan bella es, sino por la falta de vida que la acompañe. Vida en estado puro, sin razón; un minuto, un segundo de vida, sin razón ni perturbaciones, sin nada, sólo vida, simple y pura. Tiempo espesado y transformado en carne.

café filosófico

•Julio 31, 2008 • Dejar un comentario

Para los que, como yo, viven en la provincia de Mendoza y tienen problemas para encontrar algo interesante que hacer, les dejo este dato, por si no conocían esta posibilidad. El café filosófico “El Oráculo” se realiza los miercoles a las 20 hs. en El Kato Café, Emilio Civit 556 de la ciudad de Mendoza. Me parece algo muy recomendable para todo el que guste de pensar, discutir, o escuchar hablar sobre filosofía (mis incapacidades y yo permaneceremos en el papel de contemplativos, como en todos los casos). Dejo el link al blog del café para quien esté interesado: http://eloraculocafefilosofico.blogspot.com/.