las señoras – san valentín


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“Las señoras caminaban del brazo. Una me observaba, la de cabellera rojiza, la otra, de cabellos como lanas blancas, no parecía interesarse más que en el suelo bajo sus pies.

Aquella tarde yo caminaba por uno de mis paseos predilectos, el sol comenzaba a esconderse y los transeúntes regresaban al resguardo de sus hogares. Mi mente deambulaba perdida en ensueños tras una larga jornada. Fue en ese momento cuando mi atención se concentró en aquellas longevas damas. La mujer alta y de tez morena me observó fijamente durante algunos segundos, parecía querer decirme algo, parecía querer contarme infinidad de historias. La dejé hablar, es decir: dejé que sus antiguos ojos me mintieran a voluntad.

Habían sido amigas desde los doce años, salvaje época en la que sólo importaba disfrutar cada día como si fuera el último. Y, en verdad, parecía ser ese su lema para afrontar esta vida. Recuerdos hermosos en el campo y en el río, a la luz cálida del sol y a la luminosidad confidente de la luna colmaron las arrugas de su rostro. Cada facción parecía exclamar vida en el estado más puro. Me contó de sus amantes, muchos de ellos compartidos. De sus noches de desquicie: experimentos que devinieron en costumbres y luego en vicios y “enfermedad”. Pero siempre la alegría presente, y, de vez en cuando, también la felicidad. Me dijo, aquella dama eterna, que llegó a amar a su compañera, que tal vez aún la amaba, que en su vida no había visto criatura más dócil y frágil. Que la amó desde que la conoció, a sus tiernos doce años, me permití adivinar.

Cuentan sus manos que anduvieron incontables veces los caminos de aquel cuerpo, y que nada tan terso y delicado ha sido tocado jamás. A los catorce comenzaron a explorar, fue una noche junto al río, sus mejillas no la olvidan, aún ahora se sonrojan. Luego se sucedieron cientos de noches perfectas como aquella, sus cuerpos desnudos y húmedos sobre el césped fresco, la luna sobre ellas, jurando discreción.

Pero, en cambio, ella nunca la amó. Me lo dijeron sus ojos, y no les creí. Había lágrimas en ellos, y también oscuridad. No la amó, la jovencita rubia no sabía amar.

No puedo saberlo, ella no dice nada, sólo mira el asfalto y sus pies. Miro con atención, descubro aquella boca, con esa media sonrisa constante y despectiva, que decía, sin ninguna prudencia y con toda claridad, “no te amo, ni lo haré”. Me convencí, sentí odio y envidia, amor desesperado, quise amar a aquella niña, quise sentirme así abatido.”

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Feliz San Valentín, en el día de las lupercalias.

Quisiera saludar especialmente a todas las personas de las que alguna vez me enamoré. A todas las que amé y odié dentro de un mismo sentimiento. Todas aquellas por las cuales lloré y callé. Todas las que casi desprecié abiertamente por simple cobardía. Todas aquellas que nunca dejaré de nombrar entre ensueños y tribulaciones.

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