la vida y los libros

Hace unos días estaba yo teniendo una conversación con una mujer muy mayor, prima o tía de mi abuelo. En realidad se podría decir que era un soliloquio o un monólogo suyo, ya que mis lacónicas acotaciones eran desatendidas por sus oídos añosos. La anciana hablaba de literatura, y lo hacia con la sabiduría propia de la antigua y avezada lectora que es. Nombraba escritores y sus obras, afirmaba ser aficionada a la historia novelada. Me habló de su gran biblioteca, y de su falta de descendencia lectora (…soy bueno para distinguir oportunidades a aprovechar, como cualquiera, pero soy pésimo a la hora de tener que hacer lo necesario para obtener el beneficio…) Describió el libro que estaba leyendo en ese momento, algo sobre los templarios que no llamó mi atención. Pero sí me dejó turbado, en cambio, la idea que cruzó mi cabeza en ese instante: ¿Qué pasaría si esta mujer añeja viera el ocaso de sus días antes de alcanzar el final de su libro? La idea parece demasiado simple, algo común, algo que de seguro ha de pasarle a la mayor parte de las personas que leen. Pero aun así me perturba imaginar mi vida terminando a la mitad de una historia.

Pero se puede ir más allá, que es donde fue mi magín en ese momento. Porque el libro inconcluso puede simbolizar toda la idea de cualquier componente de la vida cortado a medio camino hacia su completa realización. O de la vida acabada antes de alcanzado su punto culminante.

Y pensada de esa forma, la vida podría verse como un libro que vamos leyendo lentamente (o escribiendo… pero eso queda para una discusión diferente), y que está en nosotros el terminarlo en cualquier momento (el suicidio sería, simplemente, adelantarse a las páginas finales del libro, evitando el clímax y su resolución natural).

Otra cosa: ¿Y si estamos condenados a vivir la eternidad, o la mortalidad, de la próxima vida dentro de la historia que atravesábamos al momento de nuestra muerte? Por si acaso voy a hacer lo posible por morir leyendo Peter Pan, o algo similar.

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Necesitaba decir cualquier cosa, ralentiza la caída.

(surgido dentro de una erudita conversación con M. Florencia. Ya se verá por acá mucho material de esta misma fuente. Se agradece, Florencia)

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