razón sin voz

 

 

 

Relato este momento no por ajeno a mi realidad ni a mi habitual comportamiento, lo hago porque sospecho que a pesar de su naturaleza corriente es significativo y remarcable, además de ser un excelente ejemplo de mi condición.

Hechas las pertinentes aclaraciones, puedo pasar a contar de qué hablo: Me transformé, una vez más, en razón sin voz. Una razón pesimista, sojuzgadora y tiránica, represora de lo bello que reclama constantemente un nimio impulso que nunca tendrá lugar, de esa voz ausente. Y hablo de voz porque sería desmedido referirse a la acción toda, al movimiento. Esas ideas se muestran ante mi mente como la teatralización de lo deseado, algo inasequible.

¿Por qué la palabra teatralización? ¡Porque no puedo pensarlo como algo real! No puedo figurarme que hacer lo que uno, en efecto, desea hacer sea enteramente real, debe ser ficcionado, forzado, mentido. Y es por eso que no puedo creerle a nadie que diga y haga lo que siente, y es también por eso que cada vez que he intentado hacer lo que en realidad deseo me siento envuelto por brumas fantásticas y todo en mí resulta inverosímil, aunque en realidad mi accionar pueda condecirse con mi más profunda realidad. Pero esos son casos aislados y excepcionales.

No quiero decir más, hasta acá llegó la permisividad de mi interno dictador.

 

 

 

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