fe poética (o ilusión mágica)

“la momentánea suspensión voluntaria

de la incredulidad

constituye la fe poética”

(Samuel Coleridge)

La náusea se terminó de difuminar. Ha de esto apenas unos segundos. He vuelto a ser yo, conciente de lo que sé. Pero aún me asusta no poder evitarlo.

Las tapas del libro se cierran, dijérase, con teatral afectación. Joaquín, obnubilado, busca con los ojos ávidos a la criatura entre las sombras de la habitación infantil. Nada. Dentro del pecho, su corazón late sin piedad. Dentro de su mente, el avieso ser aguarda, acechante.

Ella ha vuelto a ser la más resplandeciente de las argentas estrellas. Su luz lo inunda todo, y parece irisar con un fulgor más fuerte y hermoso de lo habitual. El amor late en mí con inconfundibles dejos de furia, apasionado. Arden mis sienes y manos sedientas de su piel. Se me apetece increíble que apenas unos minutos atrás quisiera perderme y no regresar a su embrujo. Ahora es todo lo que quiero, caer nuevamente en sus juegos atroces.

Quizá su madre tenga razón, y Joaquín deba dejar de leer tanto. Es aún muy chico y el mundo maravilloso de la literatura lo ha absorbido por entero, ya casi no juega con sus pequeños amigos y cada semana su interés por el estudio decrece significativamente. ¿Cómo podría interesarse Joaquín en juegos de pelota y clases de matemáticas cuando dentro de los libros lo aguardan universos repletos de aventuras y seres extraordinarios, universos que el puede habitar, y vivir, y sufrir con sólo abrir las páginas y dejarse arrastrar?

Por eso la busco ahora. Me es esquiva unos instantes, apenas los necesarios para inflamar mi deseo. Ya no sólo arden mis manos y mis sienes, entre éstas se gesta una hoguera voraz. Mi pecho late más fiero a cada momento, flamígeras lenguas saetean mis rasgos, las llamas se filtran por cada intersticio de mi cuerpo. Me siento vivir en el deseo feroz, vivir como nunca, me siento embargado de una cruda felicidad.

Pero Joaquín no escuchará a su madre, a sus viejas maestras, o a sus compañeritos alegres. Él ha encontrado su propio mundo entre esas hojas colmadas de ilusión. Pese a todo, las tribulaciones de la madre se ven justificada en algunas actitudes del hijo, que parece no lograr discernir la realidad de la ficción.

Al fin llego a ella. De inmediato mi semblante exangüe se ahoga de su alegría melíflua. Mis recelos se desvanecen, soy suyo, y mi razón de su dramaturgia que se apresta a comenzar.

El caso de Joaquín fue estudiado por una especialista, amiga de su madre. La profesional diagnosticó las reacciones del chiquillo como algo “natural en un niño tan pequeño que se enfrenta a la ficción de forma tan vehemente”. Pero la mujer se equivocaba, el obrar de la literatura sobre Joaquín no es secuela de la vehemencia con que el niño se lanza entre las páginas resplandecientes de maravilla. Es este obrar, en cambio, causal de tal ardor.

Casi no lo noto al principio, pero ya me encuentro bajo el encanto. La dulzura prontamente comienza a tornar en leve acritud: los gestos se endurecen; las miradas y los silencios se funden adquiriendo la densidad del cieno y ahogando el acto entero; las voces, que segundos antes entonaban la muelle y cálida melopea del romance, alcanzan un diáfano timbre metálico y desdeñoso. ¿Se ha quitado la máscara?; la función comienza.

En su cuarto, desde el suave abrigo de su cama, dentro del abrazo terso y cálido de las sábanas, bajo el resplandor envolvente de su lámpara de noche que, en la penumbra de la habitación, señala el límite entre su mundo propio y el externo y ajeno, Joaquín ha escudriñado cada rincón visible en busca de la criatura que lo perseguía minutos antes, cuando el se abría trabajoso camino a través aquella ciénaga encantada. No lo ha alcanzado, pero ha estado cerca. Tal vez deba dejar el libro a un costado de la cama y rogar porque la criatura no haya encontrado un escondrijo fuera del alcance de su vista. Pero nadie podría convencer a Joaquín de actuar con tal cobardía.

Las palabras vuelan hacia mis oídos, lacerándolos. Las miradas nefandas atraviesan mi ánimo tenue. Entonaciones de pesadilla, propias de una terrible ilusión, se adhieren a mi mente hollándola con crueldad. La sonrisa radiante de desprecio. Pullas inagotables en los espirales de mi conciencia. Confesiones injuriosas hasta el ridículo, verdades calladas por sádico cinismo. El dolor, los ardores, la náusea. Todo está viciado de una inapelable realidad, todo lo creo, todo me daña en lo más mío. Me siento deshacer ante su faz impávida. Caigo sin poder hacer nada por evitarlo.

Ahora Joaquín corre todo lo rápido que puede sobre sus piernas aladas. La ciénaga ha quedado atrás, el niño se adentra en un abigarrado bosquecillo de árboles indeterminables y tupida oscuridad. La criatura ya no se oye ni se respira, parece estar a salvo. Joaquín se afirma al tronco robusto de un roble joven, toma aliento, recupera el ritmo de su respiración, y, finalmente, se sienta junto al árbol, dejando el libro a un costado.

Una orden simple, un mandato concluyente ungido de milagroso redentor, se desliza por entre sus labios y me acaricia las sienes convulsas. Se baja el telón y vuelve a elevarse en el acto, ¿se ha quitado la máscara? La función ha terminado. La náusea aún hace presa de mí, pero el amor con sus arropes le gana terreno.

Las sábanas suaves acarician la piel crispada de sus piernas, la cama cálida apenas se arquea bajo su cuerpo leve, la mano pequeña se acerca a la llave la luz y duda aún un segundo. El resplandor de la lamparilla se extingue, y con él los límites entre el universo de Joaquín y el externo, ajeno y real del resto de los hombres. La fusión de los mundos es apenas notoria para el niño, que se estremece ligeramente y acomoda su cabeza sobre la almohada elástica. El gruñido que ahoga el silencio de la habitación no lo sorprende, pero lo inquieta.

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