recorte

Pensar un final es desearlo, al menos desde algún lugar recóndito del anhelo. Pensar un final es invocarlo y propiciarlo, allanar el camino, calculando destrozos. Pensar un final es un camino peligroso, muy difícil de desandar. Cualquier silencio peregrino se adhiere al orbe fatuo, así también cualquier ausencia, y toda torpeza involuntaria, toda duda. Finalmente, el final se vuelve inexorable.

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