sobre el caos (intitulado)

Siento mucho todo esto. Yo nunca quise causarle a usted tantos inconvenientes, pero usted sabe cómo son estas cosas, cuando se le salen a uno de las manos y comienzan a dimensionarse de forma casi independiente, con una anárquica locura, diríase, el descontrol más perfecto. Hasta se hace hermoso observarlo, no lo tome a mal, pero puede ser muy hermoso ver cómo todo se encamina al caos, todo lo tan cuidadosamente domado con anterioridad, todo hacia el caos más justo, más bello y resplandeciente, porque, si el orden es armonioso, y la armonía puede alcanzar cierta belleza, que, claro, es relativa al observador, porque el orden asimismo es también subjetivo, lo que para mi es orden perfecto, para usted, por caso, puede ser desorden prolijo y cuidado, pero nunca orden, y, tal vez, nunca bello; pero con el caos no sucede así, el caos es absoluto, es siempre perfecto y siempre el mismo y, así, si es bello para uno lo será para todos, porque la idea del caos está en todas nuestras mentes que tienden, también, cómo no, a el, siempre. Y es por eso que nuestro trabajo se aparece tan ridículo en ocasiones. Pero no, no, no es que a mí me lo parezca, ni en lo más mínimo, sólo que, pienso a veces, vamos en contra del equilibrio más absoluto elevando los pendones del orden. Pero no, no, claro que no es así. En fin, señor, el asunto se ha ido del control de mis medios y todo se encamina a la perfec…, es decir: al desconcierto absoluto. Las almas, señor, son lo que más me preocupan, los espíritus, las naturalezas, señor. Ellas tienden a un caos propio y maligno, su orden perfecto inexorable es la maldad y la destrucción; lo he comprobado, señor, su naturaleza es perniciosa. ¿Qué hacer con esas almitas pérfidas? Dejarlas desbarrancarse hacia lo absoluto significará su pérdida, tal vez justa, sí… pero tal vez, también, merezcan una posibilidad tras tanto luchar por el orden, al fin son como nosotros esas almas abatidas por la maldad, eternas gladiadoras enfrentadas a lo irrevocable, y tal vez perfecto. Disculpe que insista con la idea, y no busco justificarme de modo alguno, reconozco plenamente mi error, pero me encuentro maravillado por la justeza con la que todo encaja en el caos, todo tiene su lugar, que es todos, todo es todos, como lo ha sido siempre, oculto por nosotros. Señor, siento mucho todo esto, y veo con desagrado como mi locuacidad lo encona, ya mismo dispondré medidas férreas, ataré minutos, encadenaré cada segundo con las propias manos de ser necesario, no habrá fracción de tiempo que quede librada al designio del caos, repararé la brecha, no habrá problema, esas almas facinerosas no se desencadenarán, el mundo seguirá su cause, ya verá usted, triunfaremos sobre el desorden perfecto, ya usted verá. Y disculpe, por favor, la interrupción, señor.

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desamparo

Cuando, siendo yo muy niño (más muy niño aún que ahora), me era removido, al menos en apariencia, aquello que constituía para mí todo mi soporte sobre este mundo y mi todo contacto afectivo con la realidad, lo que era el cariño de mi madre (el cual se alejaba de mi lado como reprimenda por algún error cometido), mi magín infantil se entretenía jugueteando con la idea del suicidio. Claro que no se trataba de una idea firme y concreta, pero la posibilidad de vengarme y transformar su castigo en algo mucho más grave, que a su vez sería también de una gravedad que, me figuraba internamente, se acercaría mucho más al efecto que este vacío de cariño tenía sobre mi espíritu, era muy tentadora. Pensar en el enorme sufrimiento auto-infligido (porque no sería mi culpa, yo sería empujado) oprimiendo el pecho de quien me había quitado ese soporte único me regocijaba, califico ahora, demasiado. ¡Toda esa crueldad enquistada en mi deseo, que apenas era un juego, sí, ya que jamás me hubiese quitado la vida, iba dirigida hacia mi madre! La persona por la que más amor sentía, y de quien dependía toda mi vida. Fácilmente se explica tal desamparo, ¿pero la crueldad cómo se fundamenta? ¿Qué había en mí que me llevaba siquiera a comenzar a engendrar una idea tan cruenta?

Fuese lo que fuese, es aún. Está todavía en mí y se manifiesta ante el mismo estímulo, el vacío de cariño. Me veo sin sustento afectivo, sin esa fuerza vital que me es imprescindible ya para cada movimiento, y caigo en la misma crueldad imaginativa. Juegan en mi cabeza ideas perversas, pronunciadas con odio y ponzoña. Pienso en  abandonar no ya mi vida, pero sí aquello que le da forma y sentido. Pienso en dejarla, y en hacerlo para siempre. Me alborozo en la visión del ultraje vuelto en su contra con la furia propia de las divinidades de rencores más levantiscos. Pero sólo juego, me divierto, me embriago de maldad posible. Los dos casos son similares en la conclusión: no alcanza mi malicia para desear verdaderamente el sufrimiento de esa gente, me embargan la piedad y la ternura; y no soy tampoco capaz de quitarme a mí mismo algo tan valioso en ningún caso, ni mi vida, ni mi amor podría descartar sólo por crueldad. No lo haría, pero no puedo dejar de darle vueltas a la idea.

(22-10-09)