desamparo

Cuando, siendo yo muy niño (más muy niño aún que ahora), me era removido, al menos en apariencia, aquello que constituía para mí todo mi soporte sobre este mundo y mi todo contacto afectivo con la realidad, lo que era el cariño de mi madre (el cual se alejaba de mi lado como reprimenda por algún error cometido), mi magín infantil se entretenía jugueteando con la idea del suicidio. Claro que no se trataba de una idea firme y concreta, pero la posibilidad de vengarme y transformar su castigo en algo mucho más grave, que a su vez sería también de una gravedad que, me figuraba internamente, se acercaría mucho más al efecto que este vacío de cariño tenía sobre mi espíritu, era muy tentadora. Pensar en el enorme sufrimiento auto-infligido (porque no sería mi culpa, yo sería empujado) oprimiendo el pecho de quien me había quitado ese soporte único me regocijaba, califico ahora, demasiado. ¡Toda esa crueldad enquistada en mi deseo, que apenas era un juego, sí, ya que jamás me hubiese quitado la vida, iba dirigida hacia mi madre! La persona por la que más amor sentía, y de quien dependía toda mi vida. Fácilmente se explica tal desamparo, ¿pero la crueldad cómo se fundamenta? ¿Qué había en mí que me llevaba siquiera a comenzar a engendrar una idea tan cruenta?

Fuese lo que fuese, es aún. Está todavía en mí y se manifiesta ante el mismo estímulo, el vacío de cariño. Me veo sin sustento afectivo, sin esa fuerza vital que me es imprescindible ya para cada movimiento, y caigo en la misma crueldad imaginativa. Juegan en mi cabeza ideas perversas, pronunciadas con odio y ponzoña. Pienso en  abandonar no ya mi vida, pero sí aquello que le da forma y sentido. Pienso en dejarla, y en hacerlo para siempre. Me alborozo en la visión del ultraje vuelto en su contra con la furia propia de las divinidades de rencores más levantiscos. Pero sólo juego, me divierto, me embriago de maldad posible. Los dos casos son similares en la conclusión: no alcanza mi malicia para desear verdaderamente el sufrimiento de esa gente, me embargan la piedad y la ternura; y no soy tampoco capaz de quitarme a mí mismo algo tan valioso en ningún caso, ni mi vida, ni mi amor podría descartar sólo por crueldad. No lo haría, pero no puedo dejar de darle vueltas a la idea.

(22-10-09)

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