ayer

Debo empezar algo nuevo, limpio, cada día. Y lo antiguo, lo muerto y vencido, debe desaparecer. Así se van cientos y cientos de vidas a la hoguera o a la nada, quedando pendientes de una hebra eterna de falsa indecisión: cobarde sentencia. Demonio el día, se yergue en veinticuatro malignas, no una más. Y el Demonio tendido en la hoja, contando minuto tras minuto acariciando las espaldas de sus malvadas, un pétalo de rosa rasga con delicadeza y trastabilla la pluma que imita, ruda, el dócil ir sobre dorsos esbeltos idénticos. De la pluma surgen, azarosos, quedos símbolos de amor y de desilusión, de insomnio y de placer, ya lejano. En algún momento (que puede variar, que puede darnos un pequeño soplo de libertad, que puede querer decirnos que como la mano porta la pluma puede también ser guía de la dulzura del pétalo carmín. Sabemos que no será, y sin embargo ese instante y su variación nos encanta brevemente, invariablemente), sentiré que el final me permite alcanzarlo, que el tender las manos hacia el frente con ese manojo de fuerzas que aún quedan podrá acercarme a la magnífica concreción. Alguna vez, en los días que tenían sus noches para ensoñarlas, supe concluir: ver la pluma llegar a un final, y atisbar aún algunas malevolencias por delante, esperando tan sedientas como frustradas; las llamaría humilladas, pero sé que sería exagerar. Grandes fueron esas obras logradas (hoy perdidas en la vorágine perpetua en que se ha convertido el recuerdo), como grande promete ser cada una que comienza a dejarse caer sobre la hoja, siguiendo el rastro de la pluma fugitiva. Pero ya nada se completa. Las malignas parecen a cada momento más ávidas, mientras la pluma ralentiza su paso y afianza su torpeza.

Hoy arrojé al fuego un bello intento; dos de ellas atrás y aún faltaba un poco. Ahora no falta ya nada y sé que me consumirá nuevamente, mis ojos se cerrarán un instante y al volver al mundo las letras de ayer, de hoy, serán exangües máculas sobre la memoria, hediondos desechos de mi incapacidad. Así, todo se quemará y yo volveré a empezar, día tras día, Demonio tras Demonio, símbolo tras símbolo cantándole al insomnio y al ayer en que siempre me convierto.

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