y si te dejás arrastrar… (leyendo a lautreamont)

Y si te dejás arrastrar por la corriente desgarradora… Y si dejás que tus brazos colgantes se eleven y se hundan, casi como en sí mismos, casi como en (o simplemente como) la conciencia ora embravecida ora cansina ora pálida de orgulloso espanto, en las aguas marmóreas de la injusticia de los juicios humanos… Y sí dejás que tu boca se cierre con fiereza sobre tu lengua impetuosa, ahogando tus palabras en la melosa calidez de la sangre (sangre inmóvil, sangre sin alma) que dejás aglomerarse en la oscura concavidad que recuerda nostálgica los ecos de la voz, y de a poco manar por entre tus dientes cercenadores… Y si dejás abrirse el vientre para volver a cerrarse, avergonzado de sus vísceras similares al horror, como el caracol se está pesaroso por su parecido con la insolente babosa… Y si dejás que tu cabeza hienda el suelo a tus pies y a los pies de los hombres con la furia de la deshonra y del calor agobiante que se siente desde dentro y hacia dentro y pretende abrir el torso a la mitad y vomitar un alma impaciente agraviada… Y si dejás hincharse el cuello en una esfera turgente de carne y arena, arena que abisma las pasiones más vulgares y las altas verdades, las sombras del dolor y las costras de cada uno de los ardores vesicales, para partirse en los ocho gajos de una naranja no poco grotesca… Y si dejás que tus rodillas se aporreen una contra la otra en un salvaje temblequeo de gallina acogotada… Y si dejás que los dedos de tus pies se retuerzan con tal ardor que uno a uno se arranquen uno al otro hasta que sólo quede uno y deba enterrarse en el pavimento que sostiene tu miseria ante la vergüenza que destila del espectáculo que ofrece tu rostro vencido… Y si dejás que tu cuerpo todo tiemble de deseo mientras lo sometés bajo la idea granítica, aplastando cada miembro gangrenado por la imposibilidad, masacrando cada órgano y sus pústulas de indecisión, soterrando cada aliento de vida hediendo a los horrores más bajos de la postración y la frustración… Y si te dejás arrastrar por la corriente desgarradora de la prohibición… Mejor arrancarte la vida que usurpa esos músculos que no viven ya.

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