Ellos

Ganaron ellos. Y hay que aceptarlo. Casi digo otra vez, o como siempre, me paré pensando en que hacía mucho que no ganaban, al menos unos cuantos años. Pero no, estaba bien dicho, ellos siempre son los que ganan porque el juego lo hicieron ellos y, si mirás bien te vas a dar cuenta, son los únicos que juegan.

Se nota ya en la calle, ves las pintadas en las paredes, escuchás cómo hablan más fuerte y más alegres (no felices, no hay felicidad que grite con esas voces). Se ríen, se ríen mucho y esto parecería bueno, pero no. Tienen unas risas firmes pero dependientes, no se ríen solos por la calle, cantando, bailando o alzando la vista de un libro, si se ríen con alguien no hay cariño entre esas bocas, puede haber deseo, hay seguro la necesidad de ganar. Y ríen los dos entonces, pero sus risas no dependen nunca la una de la otra sino que cuelgan de la desgracia de un tercero. Los modelos más comunes son: la mujer cosa y el hombre miseria. Si llora es miseria y debe ser hombre, la mujer que llora deja de ser cosa (hay límites morales no escritos que se trasgreden sólo puertas adentro), si es mujer sonríe y no lleva ropa sólo un envoltorio, es cosa, elemento menos que ornamental (lo decorativo tiene un valor intrínseco que ellos no comprenden) sino un poco ortopédico (son mujeres Tabla de Moisés) pero más que nada utilitario, los ornamentos casi no se manipulan y estas mujeres perderían todo su sentido si algo prohibiera la manipulación (por esto, y sólo por esto, deben tener siempre más de dieciocho años). Los miseria pueden ser gordos, demasiado altos o flacos, muy feos, enanos, demasiado sensibles, abiertamente maricones, travestidos, o hasta demasiado serios (entre otras monstruosidades), sólo en contadas ocasiones el papel de miseria puede ser representado por una mujer, pero la mujer miseria no suele ser eficaz, se corre el riesgo de que deprima al público si no se convierte en cosa con suficiente rapidez.

Digo que se los nota en las calles eufóricos, y es así. En cada esquina podés escuchar uno de sus comentarios de la variedad cosa/miseria. Sólo la suerte o la pertenencia pueden salvarte de ser el destinatario de sus ensalmos. Pero poco pueden importar, realmente, estas manifestaciones, porque hay peores formas de su idiosincrasia. La aberración violenta pseudojusticiera es la más desagradable de presen-ciar y, sobre todo, de sufrir en carne propia. Esta puede tomar por objeto tanto a hombres como a mujeres, y no discrimina tampoco en tema de edades, es bastante inclusiva. Sólo deja afuera a los claritos, seas o no uno de ellos. Yo, rosado miseria, no sufriría jamás este vejamen. Lo explico más o menos:

los negros son el problema,
los negros son una peste,
los negros que se llevan
la plata de los contribuyentes.

Los negros tienen la culpa de todo lo malo que pasa, y son los culpables también de toda idea macabra que se les ocurra a ellos. Acá hay como una paradoja quizás (hoy en día ya nadie sabe lo que es una paradoja, así que se puede usar esta palabra casi en cualquier caso, como en este), al menos una especie de fantasía que lleva a su autocumplimiento: negro malo me hace pensar cosas malas por su maldad, esta maldad lo hace al negro merecer sufrir cosas malas, las cosas malas que el negro plantó en mi mente se las hago a él, entonces mis acciones se justifican y se autopurifican, yo no dejo de ser víctima y el no deja de ser malo (ahora, acá hay un error que ellos no quieren hacer ver que han visto: el negro no se está purificando mediante la penitencia; pero esto a nadie importa).

Así funciona esto, ser negro hoy en día es muy difícil (a veces no puedo dormir pensando en cómo harán para vivir los muchos de los negros que son parte de ellos; que evidentemente son parte de ellos como los bueyes serían parte de las campañas militares del ejército romano). En cambio hoy es muy fácil ser jugador de water-polo, cosa que antes no lo era tanto (o a lo mejor sí, yo qué sé). Pasa que hay muchos negros y pocos waterpolistas, ahí empieza el problema. Hay poca gente alegre por las calles riendo y gritando guarangadas a las cosas (los negros también las gritan, claro, no son sólo los waterpolistas los que creen que la mujer es un ojeto; pero el negro grita desde el despoder, como un acto trunco de traslación social, supongo, quién sabe). Decía, que no son muchos los que están contentos, pese a lo que pueda parecer, y a los que todavía no se dan cuenta.

Lo que me preocupa a mí, que no sé manejar un arma y soy miope, es qué va a pasar cuando se acabe esta euforia.

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