corto -fricción y ficción-

Avanzaba con su andar de lampazo añoso y ralo, hiriendo las zonas ya desprotegidas e ineptas para el trabajo, raspando contra la piedra atenta y dura, restregando sus incapacidades contra loza, parqué y mármol con igual desinterés exhaustivo, enajenada diligencia encarnada.

Caer al piso deseado lustroso y alzarse, siempre en la metáfora malograda, eran dos acciones forjadas en una por la necesidad, la decencia, la conveniencia, la lógica más lábil. Pero no ya; a tal punto maltrecha la realidad inerte –que pareciera de tan inerte perenne, inalcanzable para los años por su sola incapacidad para el avance o simplemente el movimiento, izquierda, derecha, centro, media vuelta, abajo, abajo, abajo-, a punto tal maltratada, que no permite la activación de ese primigenio enlace que ata el caer-levantarse en mismo proceso natural, y pareciera que sólo la muerte está facultada para revocar. Pero allí está la incapacidad vedando el impulso –no la acción, entiéndase la diferencia abisal- de alzarse y continuar, o huir, o rascarse las rodillas y estarse un segundo pendiendo de la más dulce irresolución per se. Pero allí está, y nada.

Y nada parece poder azuzarla, forzar la acción o el deseo de acción; y es que ese deseo ha sido corroído hasta su exterminio. Y no por el exceso de uso, sino por el mal uso continuado, por funcionar, el deseo, como auxilio de otras partes ociosas –y no está en mí la intención de alzar el dedo acusador, clamar talento o amor; aún escudado en la perífrasis-.

castles made of sand

-M, querido, levantate.

La voz le llegó sucia de lata, pero le llegó. Se levantó al momento y no se detuvo a pensar un segundo, el mecanismo estaba automatizado.

-Desayunás?
-No.

No desayunaba, salía para el trabajo, era tarde y no era buen día para llegar tarde, el directorio se reunía, y el director lo esperaba temprano. Sí, a él en particular, y se lo había hecho saber personalmente. No tenía tiempo para desayunar, ni para dar explicaciones. Salió.
La ciudad estaba tranquila, era todavía muy temprano, el tráfico comenzaría a espesarse recién en un par de horas, era bueno que tuviese que viajar tan temprano, pasado ese par de horas, o tal vez menos, le habría sido imposible avanzar con cierta fluidez por las calles empedradas de la pretendida metrópoli. Ahora circulaba en soledad por la avenida principal. Podía atemorizar un poco tanta quietud.
Difumine bermellón, carmesí, un arrebol furioso en el ángulo superior derecho del cristal. Hacía frío, lloviznaba. El semáforo en rojo le dio tiempo para pensar, no recordaba haberlo hecho desde que se despertara. La voz de su mujer retumbó en las paredes de lata de su cabeza, las que estaban en su cabeza a pesar de tanta indiferencia. No recordaba haberla besado, no recordaba haberlo hecho el día anterior, y, de haberlo intentado, no habría recordado haberlo hecho en toda la semana. Ya lo haría al regresar.
Aguardaba el cambio de luces, inusitadamente inútil en la mañana desnuda.
El rojo persistía, y debajo una figura simil-humana resplandecía, plateada, en una posición que simulaba el andar, como en aquellas antiquísimas representaciones artísticas, cuando las imágenes tenían prohibido dejar de ofrecer su pecho y su rostro franco al espectador. Pecho y rostro ausentes comenzaron a palpitar, junto a ellos empezó también a latir una vieja duda, tan lejana en el tiempo que parecía perdida y olvidada, cual sucede con una tonada arcaica y rezagada que activa íntimos resortes, insospechados, en la memoria de quien la oye nuevamente. Luz verde. Acelerador; embrague, tercera, retrovisor. Mecánica. De pronto, la duda, libre para vagar por su organismo mecanizado, tomó forma. Dolorosa, patética forma. ¿Dejaría su esposa de amarlo? Parecía increíble que luego de tanto, tanto tiempo la idea volviese a someterlo. Tan estúpida le parecía, y, con todo, tan real se aparecía la posibilidad. Idiota; acelerador; embrague, cuarta, acelerador; ON, volume, station. “Castles made of sand”. Hacer lo que sea así de bien, o no hacer nada en absoluto.
Así había transcurrido su vida desde siempre hasta cuando pudo sepultar la duda, y luego estabilidad, decisión aparente, que ahora, desde la duda, desde esa duda que era una máscara que evidenciaba más de lo que ocultaba, el regreso a la duda absoluta y primordial que consumiera su vida casi por entero años y años atrás, era rebajada y despreciada, tildada de aceptación de la mediocridad.
“And so castles made of sand fall in the sea, eventually.”
Cruda justicia. Perfecta, justísima. Justo calce de la mano sobre la palanca de cambio, perfección absoluta del movimiento, apenas perceptible el trabajo del embrague. Quinta.
La calle continúa en sorprendente calma. Aún era temprano, pero que ni un auto asomara la trompa parecía raro. El coche acelerando él ajeno a todo lo que escapaba a su interior e indescifrable mecánica.
Y si… Pero no, pero acabar con eso, que la duda siga enterrada, que la mediocridad – dorado el vértice se anega de sanguinolencia; el pie derecho no se ha movido; la calle sigue vacía- la mediocridad que siga, que fluya, que se está bien, que un amor mediocre es mejor que cualquier glorioso desamor, que Beatriz, que muy bonito y cortés, pero veintipico de años y un poeta llorando. Llevaba mucho tiempo sin tener que refutar la duda y se sorprendió, casi horrorizó, contemplando la hosquedad de su torre albarrana. Aceptar el término mediocre significaba de antemano que había perdido la batalla, y lo sabía muy bien. Quizás su voluntad más íntima era aliarse con los fantasmas que lo recorrían, en fin que representaban la materia primigenia de su ser. O de eso había estado convencido largo tiempo.
Un poeta llorando, la nada más bella.
Peligrosa discusión. Jimi no se detenía. Como el auto, recorría una carretera invisible- llovía ya; el eco del flip-flap del caucho sobre el cristal se eternizaba-, interminable. Hacer algo, lo que sea, así de bien, o no hacer nada. Hendrix o la nada. Peligrosa dualidad del ser.
Por eso que había decido enterrarla.
Acelerador, acelerador. Aceleradoraceleradoracelerador. El eco del acto se sucedía eternamente y era ya uno solo, un solo acto perennizado. Increíblemente la velocidad podía seguir aumentando. Su cabeza –podría decirse pecho u hombro, corazón, hígado, páncreas o colon, todo era uno. Uno y velocidad, motor embrague flip-flap pie derecho inerte- posada en la duda, fija en la duda, cómoda en la duda. Su cabeza, flip-flap, de lado a lado, fija en ir y venir. Ir e ir. Venir, posar, acelerar. Que si algo estuviese destinado a ser perfecto. Que si destinarse pudiese algo a algo. Todo se escribe mientras. Flip. Suceden los ires y venires. Flap. Que pretender un amor perfecto es negar la realidad. Que no aceptar sufrir, bah. Pero la vista fija al frente, ola escarlata impasible como un pie derecho cualquiera. Y el alba extendiéndose ante los ojos que solo ven. Flip-flap arrastra y vuelve a anegar la lluvia el cristal rojo rojo y oscilación inacabable de siempre estar ciego.
Pero no. Pero nada de cierto. Pero pararse y decir maldición. Maldición que si algo hay de valioso es flip La lluvia ahoga la vista y apenas puede respirar La mente rápido se sacude la duda se aferra y aprieta y ahoga Acelerador. Que no, flap, que respirar, el Amor, que cosa perfecta no hay. Volver, sí, besar, decir Mi amor, Mi vida, Mi sol, como en aquellos antes de antaño añejos cuando creía como ahora Creo decirlo todo decir y besar y besar que es allí y no en ningún otro lugar donde. Volantazo vuelta en U calle desierta. Cientoochenta grados y aceleradoracelerador a fondo y volver a sus brazos. No recordaba haber, ni el día enterior, de haber intentado ni en toda la semana. Sólo quería besarla. El pie derecho tan firme como el empedrado de la calle interminable, la boca apretada en un beso de muerte a la duda. Nunca más Nunca más, se repetía. El deseo todo extendido como la cuarda de una guitarra, tendido hacia ella, hacia su boca y su amor real. El auto todo tendido como un acorde incontenible hacia su casa; al diablo con el directorio, al Diablo Un Ford y un árbol solitario.
Rojo belcebú, satanás, carmín demoníaco el del borde superior izquierdo, malasgarras desvaídos en el acuoso cristal y Crash, Bang, Catatrash y demás, acuoso el bermellón furibundo ya casi límpido pese al rasgar de las gotas, acre atavío de realidad el del parabrisas, boca y ojos partidos, un cráneo fijo como pié derecho. La duda sacudida por el inmutable flip-flap. Jimi tocando aún; aún imposible.

corto -aquél-

Al instante me llama la atención, el sol le da de pleno en la cara, lo conozco. Pero lo hago indirecta, lateralmente, como se conoce al deuteragonista de una novela querida, un conocimiento muy distinto al que me revela el sol golpeando de lleno contra su nariz ancha. Él me mira, ¿me conoce también? Supongo que sabe que existo, y no sólo por el sol que esquivo de pie sobre el suelo intranquilo del colectivo; supongo que sabe algo de mí, pero es imposible que asocie conocimiento e imagen. Simplemente observa, su vista pasa sobre mí como sobre cualquier otro contorno humano –luego no se dará vuelta, yo sí-. No sabe quién soy, y me extraña pensar que si lo supiese me odiaría. Asimismo, lo que yo siento por el, viéndolo empapado de sol, no se aleja mucho de aquello. Pero yo sé demasiado y él nada, la diferencia de nuestras posiciones es abrumadora. Yo sé que de decir algo de lo que conozco, estallaría el odio. Pero, mientras tanto, ese odio permanece allí, flotando como posibilidad, porque aunque no actúa, existe, y estoy convencido de que no es posible que él deje de sentir su cosquillar, su latencia constante, similar a la de esas axiomáticas enfermedades congénitas, que aún no diagnosticadas se consagran a acechar desde cada rincón de la vida. Mientras mis ojos, sonrientes y cantantes, se posan sobre los suyos, estoy convencido de que en algún lugar de sí sabe que debe odiarme, pero, claro, no puede leer el odio y la burla en mi mirada, que en ese momento es una enorme grosería estallando en lituano o en finés. Me regocija la situación, pero a la vez me inquieta, quiero que baje el odio y se instale, que el mío pueda ser real y gritar sus verdades, quiero ver el suyo naciendo hacia sus ojos. Será que nunca nadie me ha mirado conteniendo ese tipo de odio, ni tal vez ningún otro. Quiero ver mi alma hiper-sensible reaccionando al estímulo del odio presente, me intriga la posible respuesta.

corto -suave muerte de una lamparita-

Voy a aferrarme a la vida (a la suya, a la luz) hasta que todo esté irremediablemente perdido. Entonces, sí, cerrar el libro, contemplar el vacío que no es tal, empezar a descubrir forma, tras forma, tras forma borrosa.

Pero eventualmente habrá luz de nuevo, y volverá a aparecer la página abandonada, o será otra, qué importa, siempre que haya letras y persistan las sombras borrosas detrás, siempre a punto de ser descubiertas.  Una, tras otra, tras otra…

moscas

Vuelan, se retuercen las manitas repugnantes. Se agitan en mis oídos, mi cabeza convulsiona. Mis manos la siguen, luego mis pies. Pero es inútil, ellas vuelven, siempre vuelven. Siempre vibrando, en constante y espasmódico movimiento. Contorsionan en ridículas cópulas; no dejan de volar. Movimiento en purísimo estado.

Giran sobre mi cabeza, a su alrededor, dentro de ella. Nombres, son pensamientos: insidiosas y versátiles como el pensamiento; vesicantes, crueles como los nombres en mi mente y en mis labios. Inasequibles. Las manos se cierran en el aire; los labios pronuncian en el vacío incólume de la noche. Imposibles.

Son eternas sus representaciones, una tras otra, tras otra, tras otra. Vuelan indestructibles. Se nombran, se sienten, son una, todas, y actúan. Se saben inmunes. Arriba, abajo, afuera, dentro; no hallan resistencia. Los labios se agitan dulcemente, la lengua viaja construyendo sonidos sordos; convulsa cabeza, manos, brazos, piernas, boca, nombres, sombras, moscas.

Se agita una mano tapa la boca el nombre permanece la mosca sobrevuela. La mano golpea el espacio vacío, se agitan los nombres, se revuelven, se entremezclan, siguen siendo uno, volando como uno, copulando y sobreviviéndose a sí mismos, siempre como ese uno sempiterno; mosca repugna sus manitas restriega el aire se mueve la voz que vuela, lejos en mí.

Moscas nombres resbalan a mis manos torpes; nombres moscas estallan contra mis labios, huyen para volver a nacer. Motas de aire negro, de aliento hórrido y mortal, lágrimas secas opacas, cicatrices de realidad. Vibran, contorsionan, palpitan como un solo temor eterno, dilatan las penurias de la noche vacía, el insomnio de la angustia. Saltan entre los sueños de ojos abiertos, yendo y viniendo en la lobreguez, estallando muda y eternamente, cantando en silencio zumbante la soledad.

recorte

“Cada persona se divide en tres entes iguales, en cuanto a características genéticas y mentales, cada uno de estos seres habita en un punto diferente de la línea temporal, siendo todo lo correspondiente al espacio una realidad aparente y ficticia que no ha de ser tomada como permanente o invariable. Este punto tiene base en que los cuerpos habitantes de los diferentes puntos de la línea cronológica no podrían residir en distintos sitios en cuanto al eje espacial, lo que nos deja como conclusión que la única forma de que esto sea posible es que el espacio varíe y no así el tiempo, siendo también que sea el espacio el que se mueva a nuestro alrededor y no nosotros dentro de él. Volviendo a los tres seres (pasado, presente y futuro) debemos aclarar que el único que tiene libertad total de acción es el de en medio, el actual, ese ser somos todos nosotros, siendo el pasado y el futuro accesorios fundamentales para el funcionamiento de nuestras realidades.”

sobre el caos (intitulado)

Siento mucho todo esto. Yo nunca quise causarle a usted tantos inconvenientes, pero usted sabe cómo son estas cosas, cuando se le salen a uno de las manos y comienzan a dimensionarse de forma casi independiente, con una anárquica locura, diríase, el descontrol más perfecto. Hasta se hace hermoso observarlo, no lo tome a mal, pero puede ser muy hermoso ver cómo todo se encamina al caos, todo lo tan cuidadosamente domado con anterioridad, todo hacia el caos más justo, más bello y resplandeciente, porque, si el orden es armonioso, y la armonía puede alcanzar cierta belleza, que, claro, es relativa al observador, porque el orden asimismo es también subjetivo, lo que para mi es orden perfecto, para usted, por caso, puede ser desorden prolijo y cuidado, pero nunca orden, y, tal vez, nunca bello; pero con el caos no sucede así, el caos es absoluto, es siempre perfecto y siempre el mismo y, así, si es bello para uno lo será para todos, porque la idea del caos está en todas nuestras mentes que tienden, también, cómo no, a el, siempre. Y es por eso que nuestro trabajo se aparece tan ridículo en ocasiones. Pero no, no, no es que a mí me lo parezca, ni en lo más mínimo, sólo que, pienso a veces, vamos en contra del equilibrio más absoluto elevando los pendones del orden. Pero no, no, claro que no es así. En fin, señor, el asunto se ha ido del control de mis medios y todo se encamina a la perfec…, es decir: al desconcierto absoluto. Las almas, señor, son lo que más me preocupan, los espíritus, las naturalezas, señor. Ellas tienden a un caos propio y maligno, su orden perfecto inexorable es la maldad y la destrucción; lo he comprobado, señor, su naturaleza es perniciosa. ¿Qué hacer con esas almitas pérfidas? Dejarlas desbarrancarse hacia lo absoluto significará su pérdida, tal vez justa, sí… pero tal vez, también, merezcan una posibilidad tras tanto luchar por el orden, al fin son como nosotros esas almas abatidas por la maldad, eternas gladiadoras enfrentadas a lo irrevocable, y tal vez perfecto. Disculpe que insista con la idea, y no busco justificarme de modo alguno, reconozco plenamente mi error, pero me encuentro maravillado por la justeza con la que todo encaja en el caos, todo tiene su lugar, que es todos, todo es todos, como lo ha sido siempre, oculto por nosotros. Señor, siento mucho todo esto, y veo con desagrado como mi locuacidad lo encona, ya mismo dispondré medidas férreas, ataré minutos, encadenaré cada segundo con las propias manos de ser necesario, no habrá fracción de tiempo que quede librada al designio del caos, repararé la brecha, no habrá problema, esas almas facinerosas no se desencadenarán, el mundo seguirá su cause, ya verá usted, triunfaremos sobre el desorden perfecto, ya usted verá. Y disculpe, por favor, la interrupción, señor.

fe poética (o ilusión mágica)

“la momentánea suspensión voluntaria

de la incredulidad

constituye la fe poética”

(Samuel Coleridge)

La náusea se terminó de difuminar. Ha de esto apenas unos segundos. He vuelto a ser yo, conciente de lo que sé. Pero aún me asusta no poder evitarlo.

Las tapas del libro se cierran, dijérase, con teatral afectación. Joaquín, obnubilado, busca con los ojos ávidos a la criatura entre las sombras de la habitación infantil. Nada. Dentro del pecho, su corazón late sin piedad. Dentro de su mente, el avieso ser aguarda, acechante.

Ella ha vuelto a ser la más resplandeciente de las argentas estrellas. Su luz lo inunda todo, y parece irisar con un fulgor más fuerte y hermoso de lo habitual. El amor late en mí con inconfundibles dejos de furia, apasionado. Arden mis sienes y manos sedientas de su piel. Se me apetece increíble que apenas unos minutos atrás quisiera perderme y no regresar a su embrujo. Ahora es todo lo que quiero, caer nuevamente en sus juegos atroces.

Quizá su madre tenga razón, y Joaquín deba dejar de leer tanto. Es aún muy chico y el mundo maravilloso de la literatura lo ha absorbido por entero, ya casi no juega con sus pequeños amigos y cada semana su interés por el estudio decrece significativamente. ¿Cómo podría interesarse Joaquín en juegos de pelota y clases de matemáticas cuando dentro de los libros lo aguardan universos repletos de aventuras y seres extraordinarios, universos que el puede habitar, y vivir, y sufrir con sólo abrir las páginas y dejarse arrastrar?

Por eso la busco ahora. Me es esquiva unos instantes, apenas los necesarios para inflamar mi deseo. Ya no sólo arden mis manos y mis sienes, entre éstas se gesta una hoguera voraz. Mi pecho late más fiero a cada momento, flamígeras lenguas saetean mis rasgos, las llamas se filtran por cada intersticio de mi cuerpo. Me siento vivir en el deseo feroz, vivir como nunca, me siento embargado de una cruda felicidad.

Pero Joaquín no escuchará a su madre, a sus viejas maestras, o a sus compañeritos alegres. Él ha encontrado su propio mundo entre esas hojas colmadas de ilusión. Pese a todo, las tribulaciones de la madre se ven justificada en algunas actitudes del hijo, que parece no lograr discernir la realidad de la ficción.

Al fin llego a ella. De inmediato mi semblante exangüe se ahoga de su alegría melíflua. Mis recelos se desvanecen, soy suyo, y mi razón de su dramaturgia que se apresta a comenzar.

El caso de Joaquín fue estudiado por una especialista, amiga de su madre. La profesional diagnosticó las reacciones del chiquillo como algo “natural en un niño tan pequeño que se enfrenta a la ficción de forma tan vehemente”. Pero la mujer se equivocaba, el obrar de la literatura sobre Joaquín no es secuela de la vehemencia con que el niño se lanza entre las páginas resplandecientes de maravilla. Es este obrar, en cambio, causal de tal ardor.

Casi no lo noto al principio, pero ya me encuentro bajo el encanto. La dulzura prontamente comienza a tornar en leve acritud: los gestos se endurecen; las miradas y los silencios se funden adquiriendo la densidad del cieno y ahogando el acto entero; las voces, que segundos antes entonaban la muelle y cálida melopea del romance, alcanzan un diáfano timbre metálico y desdeñoso. ¿Se ha quitado la máscara?; la función comienza.

En su cuarto, desde el suave abrigo de su cama, dentro del abrazo terso y cálido de las sábanas, bajo el resplandor envolvente de su lámpara de noche que, en la penumbra de la habitación, señala el límite entre su mundo propio y el externo y ajeno, Joaquín ha escudriñado cada rincón visible en busca de la criatura que lo perseguía minutos antes, cuando el se abría trabajoso camino a través aquella ciénaga encantada. No lo ha alcanzado, pero ha estado cerca. Tal vez deba dejar el libro a un costado de la cama y rogar porque la criatura no haya encontrado un escondrijo fuera del alcance de su vista. Pero nadie podría convencer a Joaquín de actuar con tal cobardía.

Las palabras vuelan hacia mis oídos, lacerándolos. Las miradas nefandas atraviesan mi ánimo tenue. Entonaciones de pesadilla, propias de una terrible ilusión, se adhieren a mi mente hollándola con crueldad. La sonrisa radiante de desprecio. Pullas inagotables en los espirales de mi conciencia. Confesiones injuriosas hasta el ridículo, verdades calladas por sádico cinismo. El dolor, los ardores, la náusea. Todo está viciado de una inapelable realidad, todo lo creo, todo me daña en lo más mío. Me siento deshacer ante su faz impávida. Caigo sin poder hacer nada por evitarlo.

Ahora Joaquín corre todo lo rápido que puede sobre sus piernas aladas. La ciénaga ha quedado atrás, el niño se adentra en un abigarrado bosquecillo de árboles indeterminables y tupida oscuridad. La criatura ya no se oye ni se respira, parece estar a salvo. Joaquín se afirma al tronco robusto de un roble joven, toma aliento, recupera el ritmo de su respiración, y, finalmente, se sienta junto al árbol, dejando el libro a un costado.

Una orden simple, un mandato concluyente ungido de milagroso redentor, se desliza por entre sus labios y me acaricia las sienes convulsas. Se baja el telón y vuelve a elevarse en el acto, ¿se ha quitado la máscara? La función ha terminado. La náusea aún hace presa de mí, pero el amor con sus arropes le gana terreno.

Las sábanas suaves acarician la piel crispada de sus piernas, la cama cálida apenas se arquea bajo su cuerpo leve, la mano pequeña se acerca a la llave la luz y duda aún un segundo. El resplandor de la lamparilla se extingue, y con él los límites entre el universo de Joaquín y el externo, ajeno y real del resto de los hombres. La fusión de los mundos es apenas notoria para el niño, que se estremece ligeramente y acomoda su cabeza sobre la almohada elástica. El gruñido que ahoga el silencio de la habitación no lo sorprende, pero lo inquieta.

ahogarse en letras

Hace ya algunos años me di cuenta de que leer un libro es para mí mucho más que seguir una historia, conocer algunos personajes, instruirme alegremente. Tal vez fuera “El túnel” la obra que me enseñó los peligros y las glorias de encerrarse en un mundo ajeno (Quizá pueda haber sido “Noches blancas”, o “La metamorfosis”, o “La naranja mecánica”; eso carece de interés ahora, aunque a lo mejor hubiera resultado mejor para un pequeño aprender junto a textos más esperanzadores). “Al final, sólo había un túnel, oscuro y solitario, el mío” (esa frase he decidido no copiarla y plasmarla tal y como la recuerdo). Cuando alguien vive intensamente un libro así, se mimetiza con cada partícula de su ambiente y deja al personaje (umbrío, solitario, desesperanzado, o bien optimista y lejano filántropo, o ese habitual ser de absurda inteligencia y diáfana locura), y a cualquier tribulación de éste, penetrar hasta lo más profundo de su propio ser, es imposible que resulte indemne. Juzgo harto difícil que algo de todo eso no quede albergado en su alma, en su razón, en su expresión. Pero aún más dificultoso se hace, y en mi caso es francamente imposible, lograr que el fantasma del libro no nos invada, aunque sea una posesión fugaz o imperceptible, durante su lectura.

Yo he sido el fantasma de Martín, el de Vidal y el de Bruno, el de la caótica Buenos Aires, el de la paranoia constante, el de los engaños avistados desde los ojos pardos del amor, el de la desesperación de ver a MI Alejandra (¡de labios despectivos!) perderse entre tinieblas insondables. Fui todo ello en un tiempo, y sufrí todo aquello intensamente; pero siendo Martín fui también yo, acentué mi yo, afirmé mi yo en la obra, caí en un pozo de ciega y hermosa locura, del que pude salir para tomar entre mis manos otro amasijo de letras, presto a ser abierto y cobrar vida en mí.

He sido el espectro de Antoine Roquentine. ¡Y qué ágil me sentía dentro de tamaño espíritu! En grande he disfrutado de esa estadía. He sido también poseso de Jean-Baptiste Grenouille, ¡y he tornado en alguien tan diferente a mi idea de mí, he descubierto tanta fría maldad en mi propio ser! He sido Don Quijote un buen tiempo también, pero eran días de opaca vacuidad, y apenas tomé algunas formas del hidalgo. Sin duda no me he divertido nunca más (dentro de éste juego de alto riesgo) que sintiendo dentro mío el espíritu de algunos personajes de Bioy Casares, ¡tan reales ellos, tan llenos de vida! ¡Tanto más que yo! He sido Aleksieyi Ivanovich, fiel a su amor cortés, pero tan poco fiel a mí mismo y a la realidad, ¡tan entregado a mis vicios! Me invadió la sutilmente perfecta ánima del Siddhartha de Hesse, que colmó mi cuerpo de una calma parecida al desencanto, de una sed tan cercana al hastío, y de una amabilidad general lindante con la misantropía (que ya había logrado hacer parte de mí con lecturas y realidades anteriores).

Uno de mis fantasmas preferidos es y será siempre, sin duda alguna, el de Harry Haller. Sentí que habíamos siempre sido uno: él, su lobo, yo y el mío; errando por tiempos erróneos. La experiencia de vivir dentro de “El Lobo Estepario” fue inenarrablemente intensa. Mi yo (ahora definido “anacoreta”) se veía multiplicado, mientras mis convicciones eran saeteadas de realidad hecha prosa, al mismo tiempo que Haller encontraba un mundo nuevo y prometedor (¡y comenzaba yo a sopesar posibilidades!) tras el mohín ambiguo de una bella joven. ¡Con cuán lograda representación de mí me encontré! ¡Y cuán fácil me fue servirme de su espíritu para afirmar el mío propio, justificarlo y hasta convencerme de que podía ser salvado de él!

También fui, gracias a Fedor, su lastimero habitante del subsuelo. Fui un hombre enfermo, malvado y desagradable, que no logró siquiera alcanzar a ser plenamente nada de aquello. Y era, otra vez, doblemente yo. Qué bajo caí esos días llenos de goce. Yo, ermitaño, misántropo, patético charlatán, superior espectador de “lo bello y lo sublime”; yo, alimaña insignificante. ¡Y cuánto me odié por haber dejado ir a Lisa! Pero más lo hice por haberme sentido superior, por haberme mofado. ¡Yo! Pero era una unidad con el libro, podía reconocerme en cada frase, y cada una de ellas se transformaba en un gesto mío, y cada pensamiento mío podía aparecer, lacerante de cruel ironía, al dar vuelta una nueva página.

Ahora sufro los embates de las agrias mieles de Humbert-Humbert. Y Me desvivo por Lolita (que se llama Victoria y no se ve emparentada en ningún sentido con la ninfúlica Dolly, salvo dentro de la prosa que envuelve mi razón). “No hay en el mundo nada más terriblemente cruel que una niña que se sabe adorada” (o algo similar). ¿Por qué debo creerle a éste farsante? ¿Por qué no puedo evitarlo? Odio a Humbert y a su Lo, porque no me dejan ser quien debo en éste momento (fundamental, por cierto). Debo, tal vez, buscar un reemplazo, un libro más acoplable a mi ánimo cotidiano; mejor dicho: a mi ánimo ideal.

Me satisfaré escuchando a Silvio Rodríguez. Al fin y al cabo fue el suyo el primer espíritu del que me vi presa, antes siquiera de tener razón corrompible o sublimable.

mi dictador (fragmento)

(…)

Si alguien pudo alguna vez enseñarme algo, ese fuiste vos. Desde tu sitial inalcanzable, entre las sombras y el dolor, debajo y sobre todos los hombres, bien dentro tuyo. Desde allí me enseñaste tanto lo bello y sublime, como lo inenarrablemente terrible. Desde tus ojos altivos, ocultos y temerosos, desde aquella voz firme e imperturbable para la reprimenda, falta de aplomo para la creación. Desde tu condición de falso dictador, de rey hipócrita y cruel, pero magnánimo amigo de los hombres, de alma generosa y espíritu sencillo, desde tu intelecto perfeccionista y tu ánimo irascible. El alma ignífera tras el rostro exangüe, siempre. Tu afán de ocultar, y el orgullo ficticio de ser, más allá de todo y todos, tu propio dios omnisciente. Y también el mío, amigo.

(…)