la luna descansa sus ojos

Dejame, pará, dejame, lo único que podía decir dejame, pará. Apretado, tironeado un brazo suave, blandito, esponjoso como una nube en la que la luna recortada con cuidado de la noche oscura se acuesta a dormir su propia noche. La noche de la luna es una pequeña cosa incomprensible más cuando una nena es chiquita y hace un dibujo en el reverso de una cuenta de la luz, sobre una mesa de cocina, mientras espera y espera no sabe qué. Algunas niñas casi nunca saben qué es lo que esperan. Pero sabe que está esperando cuando la sientan y le dicen dibujá un rato acá sentada, mamá ya viene. Dibuja una luna que se alza sobre cualquier ciudad de barrios y casas, en una noche cualquiera que se alarga en el cielo inalcanzable para los ladridos de los perros, el trinar de los pájaros y el tronar de las puertas. Lejos, muy lejos descansa, pequeña y luminosa, cerrados esos párpados grandotes que no esperan, lejos allá arriba no escuchan, tienen sueño y duermen en el papel, donde la paz de la luna y el miedo de la niña se mezclan en un otro mundo incomprensible más.