vida

Hoy es mi cumpleaños, es tarde, he tenido un día de gran agitación. Me veo en la necesidad de dejar algo… tengo un pequeño texto que escribí una noche de éstas, pasadas varias copas. Lo corregí un poco y ahora lo tiro al mundo libre. Quien lo lea, sea piadoso. Bah, ya saben como serlo, y no se les exigirá mucho ya que es algo muy parecido a todo lo demás… Nos vemos, me voy a descansar con mis veinte años a cuestas.

 

El tiempo corre, inexorable. La sangre también, se desliza por las calles como lluvia acumulada de días desubicados en el calendario que pretende exactitud. Pero no hay precisiones cuando se habla de personas reales, con huesos y carne fluctuante, sangre ardiente y deseos igníferos, todos esperando el desflore definitivo, esa desinhibición fortuita que permitirá su fuga, su libertad que de ocasional devendrá en perenne. El hoyo abisal de la exposición se muestra ante toda idea, sólo toma un paso, un simple paso, un movimiento que no demanda un solo segundo, sólo un pequeño deseo seguido de una fracción de voluntad. Eso, y no más, para que una idea sea escrita, expuesta, dada a conocer en sociedad, para darle, también, la oportunidad a aquellos ajenos, pero poseedores de voz, a que elijan, y hasta exijan, lo que realmente desean. ¿Por qué no? ¿Por qué no dejarlos? Si, en fin, son ellos los que terminan por elegir qué se condena al olvido y qué bazofia se exhibe como excelsa pieza artística. ¿Qué más dan las precisiones cronológicas sobre su intervención fatal? Si eso será al fin y al cabo, un flechazo hialino y ardiente de indiferencia (que ni aún permanecerá, será fugaz, para el ojo apartado a la real acción, al mundo verdadero y latiente) a la sombra y al vaho espectral del que espera y espera, y espera esa resolución imposible, imposible por archivada y apartada, dejada de lado por manos laboriosas y ocupadas en asuntos de estricta realidad.
Realidad. Es ella la gran ausente en mis historias, todas son, a medias, exactas; a medias, precisas; a medias, reales; pero nunca son. Les falta ser. Existencia, ahí está la carencia principal, en el ser, en la realidad de ese ser tan efímero. Hay veces, ocasiones, en que ni yo mismo las creo. En fin, nada de esto importa, ya que lo único realmente relevante es la estricta realidad, o sería esto, si realmente existiera. ¿Quien puede creer? A ver, ¿quién me contesta? Sino el idiota o el crédulo, claro, él… Pero, ¿quién más? Nadie, ¿cierto? Nadie, en absoluto. Manos idiotas se alzan en el aire, se sacuden violentamente, se chocan, riñen por ese lugar de privilegio, porque, como ya he dicho, son idiotas, estúpidos, bellas criaturas límpidas, pero, a veces, francamente insoportables cuando se tiene un cerebro funcional. Aunque, claro está, el mío no es un ejemplo de ese género, así que no ahondaré en ese estilo de explicaciones. Explicaciones que, claro, no son necesarias a esta altura. Pero sabemos que no importa nada de esto (¡Oh Dios bienamado e idolatrado!) para nosotros fieles, nosotros beatos, nosotros castos, nosotros ascetas, tal vez involuntarios, tal vez, pero, ¿acaso eso nos quita el sacrificio de las espaldas dobladas? No, claro que no, eso lo acentúa, lo engrandece, lo envilece. ¡Maldita ésta mi joroba! ¡Maldita tu obra perverso genio! ¡Y benditas por eximias voluntades satisfechas! Maldita mi conciencia tan realista, y mis sueños, ¡Oh! mis sueños fantásticos, maravillosos, quimeras para mi ser, inasequibles para mis manos torpes, grotescas, aborrecibles. Estas manos que ya sólo quieren parar el tiempo, tomarlo, ahogarlo entre mis dedos difusos y vehementes, pero inexorablemente torpes, exprimirlo y ver, reptante frente a mí, el fruto serondo de tanto esfuerzo inútil: letras, palabras, frases inasequibles, parágrafos sempiternos colmados de idioteces, horas y horas, años y años de letra tras letra inútil, no por la letra en sí, que tan bella es, sino por la falta de vida que la acompañe. Vida en estado puro, sin razón; un minuto, un segundo de vida, sin razón ni perturbaciones, sin nada, sólo vida, simple y pura. Tiempo espesado y transformado en carne.

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