vacaciones – ser bueno

…Y de repente el aire se vuelve pesado e invita a la desidia. Los músculos se relajan ante la fuerza indómita del calor agobiante…

Llega el verano, y con el las ansiadas vacaciones. Que difícil es aprovechar de buena manera este tiempo libre, que pasa inadvertido entre ensueños y divagaciones.

Con todo, bienvenidas sean, pueden quedarse cuanto gusten.

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Pasando a otro tema, el otro día estaba leyendo una entrevista muy interesante hecha a Leonardo Favio por Rodolfo Braceli, que salió en un suplemento de cultura de La Nación de los sábados (genial, extremadamente recomendable). Me gustó mucho toda la entrevista, pero quería destacar una parte que me quedó dando vueltas por la cabeza. Dice así:

(hablando sobre el pecado de desear a la mujer del prójimo)

B: Ofensivo sería no desearla.

F: Según como sobrelleves en tu conciencia un hecho, eso te pone en el regazo de Dios o lejos de Dios. Todos tenemos tentaciones. Si después sentís un dolor en el corazón muy hondo y te quedas mirando el techo, eso te hace ser un hombre bueno… El hombre no es bueno ni malo, es hombre. No somos ángeles.

Bueno, sacando del medio a Dios, me parece muy lindo lo que se dice. Sé que en realidad es algo estúpido, pero me gusta notar que hay mucha gente que piensa que la bondad está en la elección y el arrepentimiento, más allá de las tentaciones del mal.

muerte II (death, love and black powder)

Nuevamente la muerte y su fragancia, evocando, exultante, resolución, llegan a mi pequeña realidad aparente. Regreso a aquel lugar lleno de sombras y lágrimas, de culpas. Busco. El muerto me recibe jubiloso. Su mirada oculta tras los párpados hundidos suplica perdón, el mensaje, claramente, no es para mí. Lo observo con extremo respeto, luce presuntuoso, me gusta. Me despido con una leve inclinación de la cabeza.

Todos huelen igual. Me son extraños todos ellos, y comprendo que quien no encuadra soy yo. Al fin la veo, envuelta en aquel aire nauseabundo, me acerco y descubro que sigue siendo ella, detrás de las marcas de la muerte, su cuerpo se siente tal y como lo imaginaba. En puntas de pies enfrenta aquella unión fugaz, que mi débil mente inmortalizará. El abrazo dura algunos fantásticos segundos, transgrediendo mi deseo de eternidad. Tiernas caricias en la espalda, un fallido intento de segundo beso, palabras ahogadas por los nervios de vivir la conclusión de algo tan largamente ansiado envuelto en aquel aroma desgarrador.

Salgo, afuera el ambiente es diferente, percibo un suave olor a pólvora accionada. La esencia se hace más fuerte y llena mi pecho, ella camina junto a mí, la situación es realmente bella. Terriblemente bella.

Ya en casa, lejos de aquel vaho espectral, pienso en ella. Allí vuelve a mí aquel recurrente efecto narcótico, lo recibo con sorda reverencia. No imploro piedad, sé que sería en vano. Deseo llorar, lentamente lo logro. Quiero escapar, la muerte aparece como un destino apreciable; la busco en mis manos, no está, tampoco hallo en ellas el voraz olor de la pólvora: sólo su aroma prevalece, el tacto de su espalda suave, su cuerpo dócil contra el mío, la memoria de las puntas de sus pies que me llena de ternura y de amor, sí, de amor, un amor efímero e infundado, pero amor al fin.

Hoy enfrenté nuevamente a la muerte, pero sólo tu recuerdo persiste. Hoy tus fragancias fueron más fuertes. Ahora debo limpiarlas de mis manos.