abadía y camellos

Para todos los que no lo entiendan este poema es soez

Los poemas que uno escribe contra el sistema son soeces
Los poemas que prohíbe la iglesia son soeces.
Los poemas que atentan contra la moral son soeces.
Los poemas que para nombrar las partes pudendas
hacen caso omiso de las recomendaciones
de la Real Academia son soeces.
Los poemas que hablan de sexo son siempre soeces
y los que irresponsablemente
escandalizan a una dama que al oírlos
en el acto se levanta de su asiento,
protesta y se marcha son soeces.
Igual que son soeces
todos los poemas que no se dicen con palabras

sino a coñazos.
(J. Calzadilla)

 

Era la mejor de todas las épocas de cosecha. Sin embargo los monjes en esos días juntaban pastitos roídos del jardín, que dejaban los camellos, perezosos para comer al sol de la siesta, en esa provincia extraña. En ese contexto que les era suavemente hostil, los camellos parecían haber decidido que vivir no merecía ya hacer demasiados esfuerzos, se arrastraban por el patio emitiendo sordas quejas, se llevaban por delante los tendederos y las mangueras se les enredaban en las patas.

La desidia de aquellos animales podría haber sido alarmante para el Abad, pero él estaba ocupado en otras cosas. Había descubierto recientemente la masturbación, y no había asunto oficial o extraoficial que lo distrajera de su afán exploratorio. Entretanto, los monjes sin guía y en silencio, se limitaban a ir detrás de los camellos recogiendo pastitos, desenredando mangueras, rescatando toallas que habían quedado posadas sobre las altas jorobas.

La cosecha languidecía, la época que habían estado esperando todo el año recién comenzaba y ya se estaba yendo, era una ventana luminosa y angosta. El voto de silencio les impedía hablar sobre esto, pero sus miradas se decían mucho. Dos monjes se miraban largamente y estas eran conversaciones. Varios monjes en una habitación, o en el patio con los puños llenos de pasto, se miraban alternativamente unos a otros y esas eran discusiones. Algunos monjes, los más sanguíneos, llegaban a ponerse en pie y abrir mucho los ojos, dilatadas las pupilas, dando de esta forma fin a largos debates.

Aquella vez todo el monasterio, salvo por el Abad en sus habitaciones, se había reunido en el salón mayor. La aglomeración de elementos, animales y monjes era casi intolerable.

Abrió la sesión el hermano Luccano, un hombre ya muy viejo, quien, con ojos graves y profundos, instauró el tema central: el vicio y la desidia que, desde la figura magnánima del Abad, corría como un río de deshielo que bajara de las alturas montañosas y anegara al pueblo instalado en la base de la montaña. A Luccano le gustaban las comparaciones y no temía forzarlas.

Todos estuvieron de acuerdo. La discusión, sin embargo, se empantanó al tratar de definir el vicio con el que los demonios habían seducido al excelentísimo Abad. Los ojos de los monjes se abrían como los brocales de veintenas de pozos de aguas claras, pero oscurecidas por la profundidad del desconcierto. Las miradas interrogativas iban y venían por el salón, sin ninguna respuesta certera. Estaba claro que había un mal, terrible, innominable más allá de los votos, pero cuál era este mal, en qué consistía. No era el alcohol, ya que los licores permanecían allí, fuera del alcance del Abad, muy poco frecuentados más que por dos o tres monjes sonámbulos, o insomnes, o simplemente noctámbulos. No era tampoco el juego, las cartas también estaban allí y, además, el Abad nunca había sido afecto al solitario.

La pregunta siguió creciendo hasta que un monje jovencito, reciente en el monasterio, se puso en pie y miró a cada uno de sus hermanos pidiendo atención. No sin timidez, con las mejillas casi de niño arreboladas, desenfundó sus manos de las largas mangas que las cubrían y alzó el gesto definitivo. La mano en un puño abierto subiendo y bajando, primero suave y luego frenética.

Muchos no entendieron. Los otros entendieron mal. La mayoría se indignó de cualquier forma. Alzaron las cejas, abrieron los párpados a más no poder. Luccano pidió calma, indicando que debían dejar que el joven se explicase a fondo, ya que aquella seña había pasado por sobre ellos como un gorrión que volara alto y rápido, haciendo sonar en el pico un comienzo de canto incomprensible por la distancia y la fugacidad de su paso, y que, de tratarse de un gorrión, el mero hecho de plantearse la opción de atraparlo, someterlo y obligarlo a completar aquel canto sería poner en juego todos sus valores morales oponiéndolos a los fines prácticos de sus estudios y a las finalidades últimas de sus vidas, que podrían, sí, perfectamente estar encerradas en el canto de aquel pájaro, mas, al mismo tiempo, ser negadas por entero en los procedimientos mediante los que se adquiriría su conocimiento. Pero, cerró, este no era un caso tal y podían dejar que el chico se explicara sin poner en peligro sus valores.

Entonces, dos monjes corpulentos subieron al chico al lomo de un camello. Le costó hacer pie, pero se estabilizó sobre la joroba. Alzó las manos, pidiendo concentración, y procedió a repetir el gesto. Lamentablemente el chico carecía de la facundia de Luccano y se limitaba a repetir el gesto una y otra vez, sin despertar en los hermanos, que estaban empleando toda su monacal paciencia para entenderlo, más que desconcierto y paulatina irritación.

Cuando ya varios monjes se estaban poniendo en pie, y empezaban a empujar a los camellos para irse, el muchacho se cansó. Abrió su sotana de par en par, dejando a la vista sus genitales, y, aprovechando el aturdimiento en que quedaron sus hermanos, procedió a demostrar lo que había estado queriendo explicar todo ese tiempo.

Los hermanos lo miraron imperturbables mientras duró la acción. Fueron veinte segundos que se extendieron incalculablemente en la subjetividad silenciosa del convento.

Cuando acabó, el joven permaneció aún con los ojos cerrados más de un minuto. En parte disfrutando de aquel ardor tan dulce que sentía por segunda vez en su vida, pero también temeroso de abrirlos y encontrar la reacción de sus hermanos. Lo expulsarían. Él no era Abad para esperar indulgencias, era un simple aspirante a monje raso, de familia pobre, sin ascendencia, sin otro lugar en el mundo al que ir fuera de esa abadía. Pensó en sus padres, pensó en sus hermanitas, qué pensarían de él al verlo volver, al enterarse del motivo de su expulsión. ¿Lo abraza-rían su madre y sus hermanas? ¿Le daría la mano aún su padre? Se percató de pronto de que aún tenía en la mano su miembro pegajoso. Se asustó. Abrió los ojos.

Entre los camellos, en aquella habitación abarrotada de elementos superpuestos, los hermanos, con las sotanas abiertas, o trabajosamente levantadas, agitaban en éxtasis al gorrión que cantaba, episódico, el sentido de la vida.

era normal

La verdulería estaba a mitad de cuadra, él pasaba por la puerta entre cuatro y cinco mañanas y entre tres y cuatro tardes por semana. Si pasaba temprano veía a la señora, sentada redonda atrás del mostrador o acomodando la mercancía en la vereda. Nunca un hola, un chau, un cómo está, nada. Sin embargo, ella siempre lo miraba, siempre parecía saber el momento justo en que tenía que levantar la cabeza para verlo pasar. Y no decir nada. Si pasaba casi de noche veía a la chica. Se parecía a la señora pero era unos veinticinco años más joven. De cara redonda y curvas imaginables. Muy joven, en verdad, juraría haberla visto alguna vez en uniforme escolar. Ella también lo miraba sin decir nada. Él le devolvía la mirada.

Después, por supuesto, se sentía culpable. Era una niña, una piba de secundaria. Se paraba en la ventana, donde ¿la madre? nunca, y miraba a la gente pasar. Jamás la vio vender nada. A veces veía a la madre tratar con clientes, compraban, se iban, charlaban, todo normal, como en cualquier verdulería. A veces pasaba y la puerta estaba cerrada, y las verduras habían quedado afuera y no había nadie que atendiera. Era normal, también. A veces había un perro en la puerta, un perrito negro despeinado, con cara de bueno. A veces había un gato gordo y blanco. A veces había un niñito morocho y triste. A veces no había nada y estaba cerrado porque se le había hecho muy tarde en el trabajo y sólo en esos casos pensaba que si estuviera abierto compraría un par de manzanas. Pero a veces hacía frío y pensaba en comprar verduras para una sopa y en cambio llegaba a su casa y se preparaba un sándwich frío también, con pan lactal, queso y mayonesa. Nada más. Era normal no querer cocinar a esas horas para él solo. Era normal sentir el ruido y el dolor y el frío también en las tripas.

Una vez el perrito le ladró y se sintió muy triste. Choquito, le decía al perrito siempre, hola Choquito, buen día Choquito, qué hacés Choquito, andá a dormir Choquito si era muy tarde, siempre al pasar, algo le decía. Y el perro miraba, sin decir nada. Cuando le ladró fue una sorpresa y una desilusión. Algo se había roto, una armonía que parecía construida con el cuidado cariñoso de un niño que arma un castillo con maderitas. Pero los niños construyen cosas para poder tirarlas después, el tenía que saber eso. Los niños no conservan las cosas que crean, rompen las estructuras, regalan todos los dibujos que hacen. Los niños no guardan esas cosas, es normal, está en ellos. La propiedad intelectual es un concepto absurdo para los niños. Supongo que para los perros también.

Pero los perros y los niños sí tienen afecto por la rutina, por los rituales cotidianos. Los niños adoran los rituales, los he visto, lo sé. No me engaño en esto. Los perros también. Incluso los gatos. Él pensó que con ese perro tenían ya un ritual establecido. Él lo llamaba Choquito, el perro miraba y sonreía. Sonreía como sonríe un perro, mirando y moviendo un poco la cola, pero quizás el Choquito no movía la cola y el no se daba cuenta de esa parte, y de lo que podía significar. Quizás el  Choquito no estaba contento con esa rutina. Pero lo más probable, pensó después, triste, desproporcionadamente triste, era que el perro no compartiera su rito. Adiós, Choquito, fue entonces.

Siguió pasando con frecuencia, siguió mirando hacia adentro. Le daba vergüenza haber sido desairado por el perro, creía que la dueña, que había visto y oído al perro ladrarle, y seguramente había escuchado su “me ladrás, Choquito, a mí”, se había burlado de él en silencio, ratificando el significado de aquel rechazo del perro: se había tomado atribuciones que no le tocaban, se había creído amigo de un perro que no era suyo, que no lo correspondía en su interés, que no tenía por qué corresponderlo. El mundo era un lugar duro y no era tan fácil hacer amistades. Ni siquiera con perros despeinados, en apariencia desaprensivos. Mi perro no es tu amigo. Conseguite tu propio perro.

Él no quería tener perros. Quería ser querido, nada más. No podía tolerar la hostilidad del mundo. Pero lo hacía, seguía caminando, pasando por la verdulería, así que eso debe ser una mentira. Seguía pasando y dos tardes seguidas, cosa rara, vio a la chica.

Asomada a la reja, cara pálida de luna de ojos grandes, pestañas largas, la sensualidad concentrada en el piquito que forma el labio superior cerca de la nariz, que no sé cómo se puede nombrar mejor. Pecas. Lo herían las pecas, siempre lo habían herido las pecas, un deseo de morder muy grande. Recordó al Choquito y habría ladrado. Gruñó un poco por lo bajo, para ser sincero. La chica le mantuvo la mirada al paso. La segunda vez fue parecida, pero él casi la saludó. Casi.

De haberla saludado, se quedó pensando, alguna otra cosa se habría roto. No creía haber construido un vínculo tan pronto con la chica, primero que después de lo del perro se sentía un poco escéptico, segundo, y principalmente, no era tan fácil, lo sabía, no era ingenuo. Pero sí había un misterio en las miradas, una situación que podía muy bien encerrar todas las posibilidades del universo conocido. Una mirada puede ser el puente que lleve a casi cualquier intercambio entre dos almas y dos cuerpos. Un hola buen día, no. Un hola buen día puede terminar, a lo sumo, en un satisfactorio intercambio de dinero por vegetales. Quizás estaba siendo un poco idealista por un lado y otro poco deprimente por el otro, sí. Pero así eran las cosas.

Siguió sin saludar a la madre y a la hija. Retomó, sin embargo, sus saludos al perro, pero adoptando siempre un aire formal, más propio de sus relaciones actuales; ya nada del tono íntimo de días pasados quedaba, aquel lazo se había roto, era evidente para cualquiera que los viera saludarse. Este estado, frío, flemático, de las cosas le permitió darse cuenta, por fin, de que nunca había visto a la señora y a la chica juntas. Pensó que ni siquiera sabía si eran madre e hija, quizás eran ambas empleadas de la verdulería (¿de quién era el negocio entonces?) y cubrían distintos turnos. Quizás ni siquiera se conocieran. Bueno, no, eso sería demasiado. Aparte, seguía vigente el parecido entre ambas.

Muchas veces veía a la señora asomada detrás del mostrador, por algún motivo agachada de forma tal que sólo mostraba la cara, y pensaba que era la muchacha. Y quizás era. Otras veces veía a la chica muy repentinamente, en la reja, tan de cerca que no llegaba a abarcar más que la redondez de su cara, y pensaba que había visto a la mujer. Y tal vez. Pero la mujer no se ponía cerca de la reja y la chica no se sentaba tras el mostrador. O tal vez sí lo hacían sólo que él daba por sentado que la cara en la reja de la ventana era siempre la chica y la cara sobre la tabla junto a la balanza era la mujer.

Empezó a obsesionarse con esto. Empezó a pasar dos veces al día de lunes a viernes. Esperando verlas juntas. Veía más a la señora. Muy de vez en cuando veía a la niña, siempre casi de noche. Siempre las dos lo miraban. Era normal. Todo era o parecía normal. Y eso lo volvía loco. Tuvo que soportar las miradas curiosas del perro, que algo sabía ya. Sospechó también que la mujer creía que él andaba atrás de la niña, que lo miraba con cara de mirar a un pervertido. Conocía bien esa cara. Él mismo la había usado muchas veces. No sabía cómo quitarse esas sospechas de encima. Lo peor era que podían ser ciertas. La chica, las pocas veces que la veía, lo dejaba dando vueltas como un trompo.

Pero, ¿podía ser que fueran la misma persona? Lo tranquilizaba pensar que a lo mejor era la señora la que lo volvía loco, si bien aparentemente había más diferencia de edad entre él y la mujer que entre la chica y él, la ilegalidad lo aterraba. Si las dos eran la misma eso quedaba fuera de cuestión, no podía tener dieciséis años y parecer de cuarenta. Debían tener una edad intermedia, treinta tal vez. En algún momento se convenció de esto: eran una mujer de treinta, treintaicinco años que se veía muy favorecida con poca luz, y muy afectada por la luz catódica que iluminaba el local (al estar en la ventana, la luz quedaba a sus espaldas, en el mostrador les daba de frente). Todo estaba bien.

Dejó de pasar por la verdulería para evitar que algún dato chocara con la verdad que había construido.

Esto duró así quizás un mes. Un mes tranquilo, de saludar gatos que no lo miraban y de mirar kiosqueros que no lo saludaban.

Pero una noche encontró al Choquito a cuatro cuadras de la verdulería, lo había atropellado un auto, asumió, pero quizás había sido una moto, un camión no le pareció que pudiera ser porque el perro estaba vivo, medio grogui, lloriqueando. Se le rompió el corazón y fue incapaz de mantener la impostura desafectada. Alzó al Choquito en vilo, toleró con estoicismo un par de gruñidos, entendió que, al fin y al cabo, el perro estaba sufriendo y no sabía lo que decía. Corrió hacia el local.

Encontró cerrado (era muy tarde), pero estaba la ventana abierta, llamó, chifló fallidamente, hizo palmas, descubrió el timbre y lo tocó. Al poco tiempo salió la mujer. Que agarró al perro entre sus brazos, le preguntó qué había pasado, como acusándolo, francamente, pero él también lo soportó, casi heroico ya, contestó, la mujer agradeció y salió corriendo a buscar al marido. Carajo, pensó, tiene marido. ¿Dijo marido? ¿O dijo Juan? ¿O no dijo nada? El seguía en la puerta cuando abrieron medio portón del garaje y salieron en moto la mujer y Juan.

No cerraron. Durante más de un minuto y medio no pasó nada. Se asomó entonces a la puerta  y vio a la chica en ropa de cama, una remera verde larga hasta los muslos y medias lilas.

Se sintió culpable de muerte y sin ser capaz de pensar dijo buenas noches.

Al día siguiente compró seis manzanas a la señora, se enteró de que el perro estaba bien y de que se llamaba Pelusa, y ya nunca volvió a pasar por la verdulería de tarde o de noche.

maracas de la cordura

I
Vino la de los agujeritos
toda bonita y apurada
y altísima vino
pasó con tres zancadas
y una sonrisa
preciosa y desprolija
por delante de mí
se fue para el jardín
se puso a sembrar
me pidió una azada
un canasto y dos maracas
yo, servicial
no pregunté nada.
 
II
Le llevé sus cosas
sonreí
no tan largamente
como hubiera podido
y partí adentro
cualquier cosa avisame
lo que quieras
le dije, lo que quieras
decime y acá estoy
me deshago en ganas
de poder deshacerme
por vos, si por mi fuera
me pondría ya mismo
a morirme por vos
si me dejaras empezar
tengo listas las tijeritas
de cortar la cordura.
 
III
Pero así como vino
se fue en tres zancadas
yo estaba todavía rumiando
aquella pavada de las tijeras.
 
IV
Me dejó parado
rumiante bípedo
y obviamente implume
con una maraca en la mano.

Enredadera

I

veo la enramada por el piso

al lado del cordón de la vereda parece una selva

sorprendente crecida de pronto, urbanizada de golpe

me doy cuenta: han podado la enredadera del patio

la misma que vi mil veces adentro escondida

entre las tres paredes y la medianera llenando

el centro de la casa del manu

naciendo como un secreto gustoso.
II
de ella venían

la sombra del patio

el ruido del viento

el fresco del patio

que se respira adentro

y también las arañas que lo asustan al manu.

 

III

esas arañitas de patas largas chuecas

llevan los culos chatos casi contra el suelo

deben andar ahora libres del miedo

por la vereda buscando verde

quizás alcancen la vertiente

de hojitas acuosas que baja a la acequia.

 

IV

en las ramas me fijo, me quedo en las hojas

miro como paralizado, el rato se hace largo

mientras me imagino la poda:

al manu lo veo ocasional descamisado

hachando con torpeza y ese desapego rotundo

que tiene tan practicado

las ramas que están secas

desmantelando el secreto del patio

para sacarlo afuera

porción de vida íntima.

 

V

la veo también a su hermana maría

llevando bolsas, teniéndole la silla

cargándolo como siempre

la veo medio desnuda

metida en la cola una bombacha blanca

como la vi de chico una vez

y ya nunca pude después

dejar de imaginarla

(y mirá que pasó tiempo)

 

VI

los veo a los dos hermanos

al manu con su apego secreto hachado

a la mari de la noble sensualidad

y me veo a mi, voyeur sentimental

tirado al lado del cordón de la vereda

caminado por arañas que buscan una vertiente.

Ellos

Ganaron ellos. Y hay que aceptarlo. Casi digo otra vez, o como siempre, me paré pensando en que hacía mucho que no ganaban, al menos unos cuantos años. Pero no, estaba bien dicho, ellos siempre son los que ganan porque el juego lo hicieron ellos y, si mirás bien te vas a dar cuenta, son los únicos que juegan.

Se nota ya en la calle, ves las pintadas en las paredes, escuchás cómo hablan más fuerte y más alegres (no felices, no hay felicidad que grite con esas voces). Se ríen, se ríen mucho y esto parecería bueno, pero no. Tienen unas risas firmes pero dependientes, no se ríen solos por la calle, cantando, bailando o alzando la vista de un libro, si se ríen con alguien no hay cariño entre esas bocas, puede haber deseo, hay seguro la necesidad de ganar. Y ríen los dos entonces, pero sus risas no dependen nunca la una de la otra sino que cuelgan de la desgracia de un tercero. Los modelos más comunes son: la mujer cosa y el hombre miseria. Si llora es miseria y debe ser hombre, la mujer que llora deja de ser cosa (hay límites morales no escritos que se trasgreden sólo puertas adentro), si es mujer sonríe y no lleva ropa sólo un envoltorio, es cosa, elemento menos que ornamental (lo decorativo tiene un valor intrínseco que ellos no comprenden) sino un poco ortopédico (son mujeres Tabla de Moisés) pero más que nada utilitario, los ornamentos casi no se manipulan y estas mujeres perderían todo su sentido si algo prohibiera la manipulación (por esto, y sólo por esto, deben tener siempre más de dieciocho años). Los miseria pueden ser gordos, demasiado altos o flacos, muy feos, enanos, demasiado sensibles, abiertamente maricones, travestidos, o hasta demasiado serios (entre otras monstruosidades), sólo en contadas ocasiones el papel de miseria puede ser representado por una mujer, pero la mujer miseria no suele ser eficaz, se corre el riesgo de que deprima al público si no se convierte en cosa con suficiente rapidez.

Digo que se los nota en las calles eufóricos, y es así. En cada esquina podés escuchar uno de sus comentarios de la variedad cosa/miseria. Sólo la suerte o la pertenencia pueden salvarte de ser el destinatario de sus ensalmos. Pero poco pueden importar, realmente, estas manifestaciones, porque hay peores formas de su idiosincrasia. La aberración violenta pseudojusticiera es la más desagradable de presen-ciar y, sobre todo, de sufrir en carne propia. Esta puede tomar por objeto tanto a hombres como a mujeres, y no discrimina tampoco en tema de edades, es bastante inclusiva. Sólo deja afuera a los claritos, seas o no uno de ellos. Yo, rosado miseria, no sufriría jamás este vejamen. Lo explico más o menos:

los negros son el problema,
los negros son una peste,
los negros que se llevan
la plata de los contribuyentes.

Los negros tienen la culpa de todo lo malo que pasa, y son los culpables también de toda idea macabra que se les ocurra a ellos. Acá hay como una paradoja quizás (hoy en día ya nadie sabe lo que es una paradoja, así que se puede usar esta palabra casi en cualquier caso, como en este), al menos una especie de fantasía que lleva a su autocumplimiento: negro malo me hace pensar cosas malas por su maldad, esta maldad lo hace al negro merecer sufrir cosas malas, las cosas malas que el negro plantó en mi mente se las hago a él, entonces mis acciones se justifican y se autopurifican, yo no dejo de ser víctima y el no deja de ser malo (ahora, acá hay un error que ellos no quieren hacer ver que han visto: el negro no se está purificando mediante la penitencia; pero esto a nadie importa).

Así funciona esto, ser negro hoy en día es muy difícil (a veces no puedo dormir pensando en cómo harán para vivir los muchos de los negros que son parte de ellos; que evidentemente son parte de ellos como los bueyes serían parte de las campañas militares del ejército romano). En cambio hoy es muy fácil ser jugador de water-polo, cosa que antes no lo era tanto (o a lo mejor sí, yo qué sé). Pasa que hay muchos negros y pocos waterpolistas, ahí empieza el problema. Hay poca gente alegre por las calles riendo y gritando guarangadas a las cosas (los negros también las gritan, claro, no son sólo los waterpolistas los que creen que la mujer es un ojeto; pero el negro grita desde el despoder, como un acto trunco de traslación social, supongo, quién sabe). Decía, que no son muchos los que están contentos, pese a lo que pueda parecer, y a los que todavía no se dan cuenta.

Lo que me preocupa a mí, que no sé manejar un arma y soy miope, es qué va a pasar cuando se acabe esta euforia.

13 de noviembre de 2015 cómodamente sentado en la no siempre tan cómoda Sudamérica

Lo bueno de esta época es que me indica por qué indignarme
por qué ponerme triste, ante qué escandalizarme o quedarme impávido
ponerme pálido, monocromático, ponerme sepia, ponerme a rayas de colores
es fácil, todo es tendencia
todo lo definen las palabras que van después del numeral.

Si no sé bien qué sentir, que es lo habitual,
si no me decido entre si algo me causa horror o gracia o ternura
(porque, díganme ustedes, ¿alguien sabe hoy en día cuándo corresponde una cosa o la otra?
yo no entiendo hasta dónde se han corrido las líneas de la tolerancia
y menos cómo al mismo tiempo las contrarias se nos hacen trenzas
a los pies, a las gargantas)
sólo abro una red social y dejo que la información me llegue teñida
de la sabienduría popular.

Pongo por caso: hubo muchas muertes en X país de occidente
a raíz de un ataque terrorista. Punto. Pero no: Hubo muchas muertes qué dolor
en X país de occidente con el que estamos todos confraternizados
a raíz de un inhumano ataque terrorista en nombre de una religión que no es la nuestra
y que lógicamente demonizamos. Más: Todos somos X país. Todos apoyamos desde nuestras fotos de perfil. Todos nos dolemos a continuación de un numeral.

No tengo mucha idea de qué pasó ni por qué
dan vueltas también algunas noticias de ataques de X País de occidente
a uno de esos otros que siempre algo hacen para ser atacados
y hay gente diciendo cosas como: cuando pasa en X o en Y todos lloramos
cuando pasa en estos países nadie les da bola.
Quizás los defensores de ciertas causas no saben usar el signo numeral
(shift izquierdo y tres)
o no tienen publicistas inteligentes de nuestro tiempo que los pongan a sacarse fotos
con un turbante o un pañuelo negro o pintados los ojos con khol
o comiendo una empanadita dulce que son buenísimas…
No sé, yo tiro ideas.

Última cosa: si alguien llora en serio me parece bien que llore en público
si alguien se indigna en serio y anda por la calle o por su casa puteando en soledad
ya sea al musulmán tirabombas como al imperialista hijo de mil putas
siempre dándosela de víctima cuando es culpable de toda la mierda y la injusticia
que hay sobre esta tierra de todos,
o a la violencia que reina en el mundo (sin mirar de quién sea la culpa)
y hace pagar siempre o casi siempre a los inocentes
(lo que matemáticamente es lógico porque somos muchos,
muchos más los inocentes que los culpables)
está bien.
Si vamos a llorar o a putear en las redes sociales porque es tendencia, mejor pongamos fotos de gatos o de culos.

dedos

I

me encontré

dos dedos

los planté

a un costado

y otro

de un helecho

hace tanto

fue

que ya

no me acuerdo bien

eran dos

dedos en ve

peronistas dije

como haciendo

un chiste

pero después

que lo pensé

me di cuenta de

que podían ser

de algún pibe

montonero

la época coincide

II

desde entonces quedaron

plantados

pero ya no sé

si dejarlos

ahí

me cuidan la casa

eso sí

cuando me voy

mucho tiempo

les dejo

agua dulce

goteando de una botella

clavada en la tierra

eso lo vi en youtúbe

antes

venía mi sobrina

a regarlos

que creo

les caía

bien quizá

demasiado

pero ya alcanzan

la alacena igual

llegan ya

y me parece

que

(no es por acusar

pero)

me están tomando

el whisky

a veces entro

y están

rojos

están

hipando de risa

y con

los dedos

se aprietan las

sienes

les cae mal

el whisky es berreta

les digo

siempre

y parece que ni

se enteran

III

a veces

los miro un rato

largo

mientras duermen

uno

contra el otro

son petisos

pelados

tienen una insoslayable

cara de dedo

y cuando están

despiertos

me toman el

licor

y gritan cada tanto

viva perón

taxi

Te estás llevando muy bien con los taxistas, me dice mi hermana. Y sí, pienso o digo, por qué no. Si el tipo me cuenta que fue a hacer de testigo en un civil y la mujer, dice, de unos cuarenta y cinco o unos cincuenta pirulos empezó a hacer un montón de preguntas y me dice de qué trabajás, de chofer, le digo, chofer de qué, pregunta, claaaro, por el oficio había preguntado, chofer, contesto, pero qué manejás, soy chofer, yo entonces trabajaba en TransDem, manejo camionetas, furgones, pero cómo se llama eso, el camionero es camionero, el taxista es tachero, cómo se llama eso, ahí me tocó un poco los huevos, no, le digo, el taxista es taxista, tachero es el que fabrica tachos, claaaro, yo soy chofer, no, pero si manejaras un avión qué serías, sería piloto señora, mi amigo se reía, claaaro, las preguntas que hacía, y si la hubieras visto cómo escribía, escribía en manuscrita, pero viste como escribís cuando estás aprendiendo, cuando te enseñaban en segundo grado, pero ahora deben aprenderlo en jardín, si están re adelantados. Pero así escriben también, mi pibe me manda mensajes, todos cortados, está abreviado me dice, pero el whatsapp no era gratis le digo, claaaro. Abrevian de oficio, cierro yo, torpemente; buena noche viejo, buena vida muchachos.

más humo

Voy a fumarme un cigarrillo. Yo no fumo. Busco en la afectación el nacimiento de las palabras. La raíz en el afecto. Donde también está el fin. Donde sobre todo.

Escribo para que me quieran, escuché que decía Barthes, no estoy seguro pues no lo leí de Barthes sino que lo escuché por ahí. Generalmente es mucho más lo que escucho por un lado u otro que lo que leo a Barthes. No sé si esto hace estadísticamente más probable que yo conozca sentencias de Barthes por terceros, es poca la gente que habla de este francés. Al menos en el colectivo, o en la cola del banco. Tampoco es que yo frecuente colas de bancos, aunque sí colectivos. ¿Hablará más la gente sobre Barthes en colectivos o en bancos? ¿Y sobre Foucault? ¿Y sobre mí? Por eso es divertida la estadística. En cuanto a proporciones, de la gente total que habla sobre cada uno de nosotros, es muy probable que sea yo quien tenga un mayor porcentaje de protagonismo en charlas de colas de bancos o colectivos. ¿No? ¿Y a quién le importa?

A mí no. Pocas cosas me importan últimamente. Me estoy muriendo de a poco, igual que siempre. Tengo un dolor acá, bien en el medio de… Bueno, en fin, a quién le pueden importar estas barbaridades. A mí sí. Pero solo porque me duele. ¿Qué busco en este humo? Perdón.

¿Qué busco en el humo? ¿Perdón? Quizás. No puedo hacer un puto aro, y yo quisiera hacer barcos. Lo mismo siempre. ¡Quiéranme!

Reflejo. Eso es. Encuentro algo. Los personajes de humo permanecen inmóviles, leí escribir a Arlt. Y acá hago honor. Como en una inagotable cola de banco.

Whisky con agua. Afectación adulterada. Al menos esto me gusta. Sólo le falta humear. Recuerdo de hielo seco, lo mejor de las fiestas de cumpleaños. Los compañeritos pateando una pelota y uno echando hielo humeante en un vaso de fanta. Vaso plástico, levemente translúcido. El humo naranja era una fantasía. Es gris, siempre es gris; al menos cuando no es negro.

Y está bien así.

No sé para quién estoy escribiendo. Supongo que para mí, supongo que escribo por un poco de mi afecto.

Y nada más.

Me retiro así.

Al silencio.

No soporto el olor del humo.