castles made of sand

-M, querido, levantate.

La voz le llegó sucia de lata, pero le llegó. Se levantó al momento y no se detuvo a pensar un segundo, el mecanismo estaba automatizado.

-Desayunás?
-No.

No desayunaba, salía para el trabajo, era tarde y no era buen día para llegar tarde, el directorio se reunía, y el director lo esperaba temprano. Sí, a él en particular, y se lo había hecho saber personalmente. No tenía tiempo para desayunar, ni para dar explicaciones. Salió.
La ciudad estaba tranquila, era todavía muy temprano, el tráfico comenzaría a espesarse recién en un par de horas, era bueno que tuviese que viajar tan temprano, pasado ese par de horas, o tal vez menos, le habría sido imposible avanzar con cierta fluidez por las calles empedradas de la pretendida metrópoli. Ahora circulaba en soledad por la avenida principal. Podía atemorizar un poco tanta quietud.
Difumine bermellón, carmesí, un arrebol furioso en el ángulo superior derecho del cristal. Hacía frío, lloviznaba. El semáforo en rojo le dio tiempo para pensar, no recordaba haberlo hecho desde que se despertara. La voz de su mujer retumbó en las paredes de lata de su cabeza, las que estaban en su cabeza a pesar de tanta indiferencia. No recordaba haberla besado, no recordaba haberlo hecho el día anterior, y, de haberlo intentado, no habría recordado haberlo hecho en toda la semana. Ya lo haría al regresar.
Aguardaba el cambio de luces, inusitadamente inútil en la mañana desnuda.
El rojo persistía, y debajo una figura simil-humana resplandecía, plateada, en una posición que simulaba el andar, como en aquellas antiquísimas representaciones artísticas, cuando las imágenes tenían prohibido dejar de ofrecer su pecho y su rostro franco al espectador. Pecho y rostro ausentes comenzaron a palpitar, junto a ellos empezó también a latir una vieja duda, tan lejana en el tiempo que parecía perdida y olvidada, cual sucede con una tonada arcaica y rezagada que activa íntimos resortes, insospechados, en la memoria de quien la oye nuevamente. Luz verde. Acelerador; embrague, tercera, retrovisor. Mecánica. De pronto, la duda, libre para vagar por su organismo mecanizado, tomó forma. Dolorosa, patética forma. ¿Dejaría su esposa de amarlo? Parecía increíble que luego de tanto, tanto tiempo la idea volviese a someterlo. Tan estúpida le parecía, y, con todo, tan real se aparecía la posibilidad. Idiota; acelerador; embrague, cuarta, acelerador; ON, volume, station. “Castles made of sand”. Hacer lo que sea así de bien, o no hacer nada en absoluto.
Así había transcurrido su vida desde siempre hasta cuando pudo sepultar la duda, y luego estabilidad, decisión aparente, que ahora, desde la duda, desde esa duda que era una máscara que evidenciaba más de lo que ocultaba, el regreso a la duda absoluta y primordial que consumiera su vida casi por entero años y años atrás, era rebajada y despreciada, tildada de aceptación de la mediocridad.
“And so castles made of sand fall in the sea, eventually.”
Cruda justicia. Perfecta, justísima. Justo calce de la mano sobre la palanca de cambio, perfección absoluta del movimiento, apenas perceptible el trabajo del embrague. Quinta.
La calle continúa en sorprendente calma. Aún era temprano, pero que ni un auto asomara la trompa parecía raro. El coche acelerando él ajeno a todo lo que escapaba a su interior e indescifrable mecánica.
Y si… Pero no, pero acabar con eso, que la duda siga enterrada, que la mediocridad – dorado el vértice se anega de sanguinolencia; el pie derecho no se ha movido; la calle sigue vacía- la mediocridad que siga, que fluya, que se está bien, que un amor mediocre es mejor que cualquier glorioso desamor, que Beatriz, que muy bonito y cortés, pero veintipico de años y un poeta llorando. Llevaba mucho tiempo sin tener que refutar la duda y se sorprendió, casi horrorizó, contemplando la hosquedad de su torre albarrana. Aceptar el término mediocre significaba de antemano que había perdido la batalla, y lo sabía muy bien. Quizás su voluntad más íntima era aliarse con los fantasmas que lo recorrían, en fin que representaban la materia primigenia de su ser. O de eso había estado convencido largo tiempo.
Un poeta llorando, la nada más bella.
Peligrosa discusión. Jimi no se detenía. Como el auto, recorría una carretera invisible- llovía ya; el eco del flip-flap del caucho sobre el cristal se eternizaba-, interminable. Hacer algo, lo que sea, así de bien, o no hacer nada. Hendrix o la nada. Peligrosa dualidad del ser.
Por eso que había decido enterrarla.
Acelerador, acelerador. Aceleradoraceleradoracelerador. El eco del acto se sucedía eternamente y era ya uno solo, un solo acto perennizado. Increíblemente la velocidad podía seguir aumentando. Su cabeza –podría decirse pecho u hombro, corazón, hígado, páncreas o colon, todo era uno. Uno y velocidad, motor embrague flip-flap pie derecho inerte- posada en la duda, fija en la duda, cómoda en la duda. Su cabeza, flip-flap, de lado a lado, fija en ir y venir. Ir e ir. Venir, posar, acelerar. Que si algo estuviese destinado a ser perfecto. Que si destinarse pudiese algo a algo. Todo se escribe mientras. Flip. Suceden los ires y venires. Flap. Que pretender un amor perfecto es negar la realidad. Que no aceptar sufrir, bah. Pero la vista fija al frente, ola escarlata impasible como un pie derecho cualquiera. Y el alba extendiéndose ante los ojos que solo ven. Flip-flap arrastra y vuelve a anegar la lluvia el cristal rojo rojo y oscilación inacabable de siempre estar ciego.
Pero no. Pero nada de cierto. Pero pararse y decir maldición. Maldición que si algo hay de valioso es flip La lluvia ahoga la vista y apenas puede respirar La mente rápido se sacude la duda se aferra y aprieta y ahoga Acelerador. Que no, flap, que respirar, el Amor, que cosa perfecta no hay. Volver, sí, besar, decir Mi amor, Mi vida, Mi sol, como en aquellos antes de antaño añejos cuando creía como ahora Creo decirlo todo decir y besar y besar que es allí y no en ningún otro lugar donde. Volantazo vuelta en U calle desierta. Cientoochenta grados y aceleradoracelerador a fondo y volver a sus brazos. No recordaba haber, ni el día enterior, de haber intentado ni en toda la semana. Sólo quería besarla. El pie derecho tan firme como el empedrado de la calle interminable, la boca apretada en un beso de muerte a la duda. Nunca más Nunca más, se repetía. El deseo todo extendido como la cuarda de una guitarra, tendido hacia ella, hacia su boca y su amor real. El auto todo tendido como un acorde incontenible hacia su casa; al diablo con el directorio, al Diablo Un Ford y un árbol solitario.
Rojo belcebú, satanás, carmín demoníaco el del borde superior izquierdo, malasgarras desvaídos en el acuoso cristal y Crash, Bang, Catatrash y demás, acuoso el bermellón furibundo ya casi límpido pese al rasgar de las gotas, acre atavío de realidad el del parabrisas, boca y ojos partidos, un cráneo fijo como pié derecho. La duda sacudida por el inmutable flip-flap. Jimi tocando aún; aún imposible.

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