abadía y camellos

Para todos los que no lo entiendan este poema es soez

Los poemas que uno escribe contra el sistema son soeces
Los poemas que prohíbe la iglesia son soeces.
Los poemas que atentan contra la moral son soeces.
Los poemas que para nombrar las partes pudendas
hacen caso omiso de las recomendaciones
de la Real Academia son soeces.
Los poemas que hablan de sexo son siempre soeces
y los que irresponsablemente
escandalizan a una dama que al oírlos
en el acto se levanta de su asiento,
protesta y se marcha son soeces.
Igual que son soeces
todos los poemas que no se dicen con palabras

sino a coñazos.
(J. Calzadilla)

 

Era la mejor de todas las épocas de cosecha. Sin embargo los monjes en esos días juntaban pastitos roídos del jardín, que dejaban los camellos, perezosos para comer al sol de la siesta, en esa provincia extraña. En ese contexto que les era suavemente hostil, los camellos parecían haber decidido que vivir no merecía ya hacer demasiados esfuerzos, se arrastraban por el patio emitiendo sordas quejas, se llevaban por delante los tendederos y las mangueras se les enredaban en las patas.

La desidia de aquellos animales podría haber sido alarmante para el Abad, pero él estaba ocupado en otras cosas. Había descubierto recientemente la masturbación, y no había asunto oficial o extraoficial que lo distrajera de su afán exploratorio. Entretanto, los monjes sin guía y en silencio, se limitaban a ir detrás de los camellos recogiendo pastitos, desenredando mangueras, rescatando toallas que habían quedado posadas sobre las altas jorobas.

La cosecha languidecía, la época que habían estado esperando todo el año recién comenzaba y ya se estaba yendo, era una ventana luminosa y angosta. El voto de silencio les impedía hablar sobre esto, pero sus miradas se decían mucho. Dos monjes se miraban largamente y estas eran conversaciones. Varios monjes en una habitación, o en el patio con los puños llenos de pasto, se miraban alternativamente unos a otros y esas eran discusiones. Algunos monjes, los más sanguíneos, llegaban a ponerse en pie y abrir mucho los ojos, dilatadas las pupilas, dando de esta forma fin a largos debates.

Aquella vez todo el monasterio, salvo por el Abad en sus habitaciones, se había reunido en el salón mayor. La aglomeración de elementos, animales y monjes era casi intolerable.

Abrió la sesión el hermano Luccano, un hombre ya muy viejo, quien, con ojos graves y profundos, instauró el tema central: el vicio y la desidia que, desde la figura magnánima del Abad, corría como un río de deshielo que bajara de las alturas montañosas y anegara al pueblo instalado en la base de la montaña. A Luccano le gustaban las comparaciones y no temía forzarlas.

Todos estuvieron de acuerdo. La discusión, sin embargo, se empantanó al tratar de definir el vicio con el que los demonios habían seducido al excelentísimo Abad. Los ojos de los monjes se abrían como los brocales de veintenas de pozos de aguas claras, pero oscurecidas por la profundidad del desconcierto. Las miradas interrogativas iban y venían por el salón, sin ninguna respuesta certera. Estaba claro que había un mal, terrible, innominable más allá de los votos, pero cuál era este mal, en qué consistía. No era el alcohol, ya que los licores permanecían allí, fuera del alcance del Abad, muy poco frecuentados más que por dos o tres monjes sonámbulos, o insomnes, o simplemente noctámbulos. No era tampoco el juego, las cartas también estaban allí y, además, el Abad nunca había sido afecto al solitario.

La pregunta siguió creciendo hasta que un monje jovencito, reciente en el monasterio, se puso en pie y miró a cada uno de sus hermanos pidiendo atención. No sin timidez, con las mejillas casi de niño arreboladas, desenfundó sus manos de las largas mangas que las cubrían y alzó el gesto definitivo. La mano en un puño abierto subiendo y bajando, primero suave y luego frenética.

Muchos no entendieron. Los otros entendieron mal. La mayoría se indignó de cualquier forma. Alzaron las cejas, abrieron los párpados a más no poder. Luccano pidió calma, indicando que debían dejar que el joven se explicase a fondo, ya que aquella seña había pasado por sobre ellos como un gorrión que volara alto y rápido, haciendo sonar en el pico un comienzo de canto incomprensible por la distancia y la fugacidad de su paso, y que, de tratarse de un gorrión, el mero hecho de plantearse la opción de atraparlo, someterlo y obligarlo a completar aquel canto sería poner en juego todos sus valores morales oponiéndolos a los fines prácticos de sus estudios y a las finalidades últimas de sus vidas, que podrían, sí, perfectamente estar encerradas en el canto de aquel pájaro, mas, al mismo tiempo, ser negadas por entero en los procedimientos mediante los que se adquiriría su conocimiento. Pero, cerró, este no era un caso tal y podían dejar que el chico se explicara sin poner en peligro sus valores.

Entonces, dos monjes corpulentos subieron al chico al lomo de un camello. Le costó hacer pie, pero se estabilizó sobre la joroba. Alzó las manos, pidiendo concentración, y procedió a repetir el gesto. Lamentablemente el chico carecía de la facundia de Luccano y se limitaba a repetir el gesto una y otra vez, sin despertar en los hermanos, que estaban empleando toda su monacal paciencia para entenderlo, más que desconcierto y paulatina irritación.

Cuando ya varios monjes se estaban poniendo en pie, y empezaban a empujar a los camellos para irse, el muchacho se cansó. Abrió su sotana de par en par, dejando a la vista sus genitales, y, aprovechando el aturdimiento en que quedaron sus hermanos, procedió a demostrar lo que había estado queriendo explicar todo ese tiempo.

Los hermanos lo miraron imperturbables mientras duró la acción. Fueron veinte segundos que se extendieron incalculablemente en la subjetividad silenciosa del convento.

Cuando acabó, el joven permaneció aún con los ojos cerrados más de un minuto. En parte disfrutando de aquel ardor tan dulce que sentía por segunda vez en su vida, pero también temeroso de abrirlos y encontrar la reacción de sus hermanos. Lo expulsarían. Él no era Abad para esperar indulgencias, era un simple aspirante a monje raso, de familia pobre, sin ascendencia, sin otro lugar en el mundo al que ir fuera de esa abadía. Pensó en sus padres, pensó en sus hermanitas, qué pensarían de él al verlo volver, al enterarse del motivo de su expulsión. ¿Lo abraza-rían su madre y sus hermanas? ¿Le daría la mano aún su padre? Se percató de pronto de que aún tenía en la mano su miembro pegajoso. Se asustó. Abrió los ojos.

Entre los camellos, en aquella habitación abarrotada de elementos superpuestos, los hermanos, con las sotanas abiertas, o trabajosamente levantadas, agitaban en éxtasis al gorrión que cantaba, episódico, el sentido de la vida.

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